
I
Anoche tuve una pesadilla. Soñé que me casaba con Ex. Soñé que Ex, seis meses después de nuestra separación, volvía del pueblo donde ahora vive para casarse conmigo. Volvía como si nada: aparecía, me tomaba de la mano y me decía, bueno, mañana nos casamos. Como si tuviera que hacer un trámite cualquiera, renovar el registro de conductor o algo así. Las cosas no habían cambiado entre nosotros, y ninguno de los dos parecía entusiasmado. Por suerte, no era un casamiento con toda la pompa, pero de todos modos era casarse. En el sueño yo no quería decírselo a nadie, ni siquiera a mis viejos, y tampoco sabía cómo decirle a él que no.
II
Yo sé que desde niñas muchas mujeres sueñan con el día de su casamiento. Incluso he visto en vivo transformarse la cara de la que un segundo atrás repetía “quiero algo muuuy sencillito”, al verse por primera vez frente al espejo enfundada en corset y miriñaque. Yo también sueño, pero otra cosa. Una vez soñé que me casaban a la fuerza con un hombre mayor al que no conocía, alguien parecido a Cacho Castaña. Veía todo como en una toma subjetiva, mientras yo iba caminando por el pasillo de una iglesia con un vestido espantoso, del que sólo podía ver la falda enorme y unas desproporcionadas mangas globo de raso color blanco hielo. Otra vez soñé que me casaban con el marido de E., mi ex concubina, que en esa época preparaba su casamiento. Yo caminaba por el pasillo con los ojos llorosos, desesperada porque me estaba casando con el hombre que ama mi amiga del alma. El tampoco quería casarse conmigo. Y al llegar al altar la veía a ella, también llorando, tanto o más horrorizada que yo.
III
Meses atrás, a pocos días de haber cortado con Ex, me invitaron al casamiento de un compañero de trabajo. Un muchachito joven, que todavía ni siquiera terminó la facultad, al que sospecho casaron virgen. A mí la situación me deprimía tremendamente, por razones que no sólo podrían encontrarse en mi separación, en el hecho de que ninguno de mis amigos iba a la fiesta, o la angustia ante la juventud e inexperiencia de los novios. Mientras mis quejas aumentaban con la cercanía de la fecha, la Dra., siempre cautelosa a la hora opinar sobre vidas ajenas, incluso sobre la mía, fue terminante:
- No vayas. Los casamientos siempre te ponen mal.
-De qué hablás, le dije yo.
-¿No te acordás?
-De qué hablás, le dije yo.
-¿No te acordás?
IV
Entonces la Dra. dio ejemplos. Por lo menos cinco ejemplos que abarcan los últimos siete u ocho años. Casamientos de gente muy querida en los que nunca logré divertirme del todo. Irracionales maratones durante los días previos, obsesionada por conseguir el chal indicado para el vestido, los zapatos y los aros perfectos. Bodas para las que contaba los días como si se acercara la fecha de mi propia ejecución. Escándalo mayúsculo cuando Ex (por razones bastante comprensibles) amagó con no acompañarme a la primera boda importante en mi familia.
Le digo a la Dra.:
-¿Y siempre me puse así?
-Sí.
-¿Y vos siempre lo tuviste claro?
-Y… sí.
-¿Y nunca se te ocurrió avisarme?
V
Resulta que los casamientos me descompensan. Tenga con quién ir o no. Tenga qué ponerme o no. Peor si no tengo acompañante. Y mucho, mucho peor, si no tengo qué ponerme o lo que tengo no me convence. En la siguiente sesión, le cuento todo esto a mi psicóloga. Me dice que ella también lo sabía. Que es la institución. Resulta que es la institución lo que me molesta. Es cierto que también me molestan la parafernalia, el vestido, el carnaval carioca, el exceso de comida, la ceremonia por Iglesia de gente que en su vida pisó una iglesia, el enorme gasto de dinero y la gente que va para criticar los centros de mesa y el pollo a la crema. Pero el verdadero tema es otro: como se supone que yo rechazo todo lo que tenga que ver con las instituciones, y la matrimonial es una de las más tradicionales, el casamiento me provoca esta reacción. Y, al parecer, todo el mundo siempre lo supo: hasta mi propio inconsciente. Será verdad que una es siempre la última en enterarse...
Le digo a la Dra.:
-¿Y siempre me puse así?
-Sí.
-¿Y vos siempre lo tuviste claro?
-Y… sí.
-¿Y nunca se te ocurrió avisarme?
V
Resulta que los casamientos me descompensan. Tenga con quién ir o no. Tenga qué ponerme o no. Peor si no tengo acompañante. Y mucho, mucho peor, si no tengo qué ponerme o lo que tengo no me convence. En la siguiente sesión, le cuento todo esto a mi psicóloga. Me dice que ella también lo sabía. Que es la institución. Resulta que es la institución lo que me molesta. Es cierto que también me molestan la parafernalia, el vestido, el carnaval carioca, el exceso de comida, la ceremonia por Iglesia de gente que en su vida pisó una iglesia, el enorme gasto de dinero y la gente que va para criticar los centros de mesa y el pollo a la crema. Pero el verdadero tema es otro: como se supone que yo rechazo todo lo que tenga que ver con las instituciones, y la matrimonial es una de las más tradicionales, el casamiento me provoca esta reacción. Y, al parecer, todo el mundo siempre lo supo: hasta mi propio inconsciente. Será verdad que una es siempre la última en enterarse...






