domingo, 3 de junio de 2007

Wedding planet


I
Anoche tuve una pesadilla. Soñé que me casaba con Ex. Soñé que Ex, seis meses después de nuestra separación, volvía del pueblo donde ahora vive para casarse conmigo. Volvía como si nada: aparecía, me tomaba de la mano y me decía, bueno, mañana nos casamos. Como si tuviera que hacer un trámite cualquiera, renovar el registro de conductor o algo así. Las cosas no habían cambiado entre nosotros, y ninguno de los dos parecía entusiasmado. Por suerte, no era un casamiento con toda la pompa, pero de todos modos era casarse. En el sueño yo no quería decírselo a nadie, ni siquiera a mis viejos, y tampoco sabía cómo decirle a él que no.

II
Yo sé que desde niñas muchas mujeres sueñan con el día de su casamiento. Incluso he visto en vivo transformarse la cara de la que un segundo atrás repetía “quiero algo muuuy sencillito”, al verse por primera vez frente al espejo enfundada en corset y miriñaque. Yo también sueño, pero otra cosa. Una vez soñé que me casaban a la fuerza con un hombre mayor al que no conocía, alguien parecido a Cacho Castaña. Veía todo como en una toma subjetiva, mientras yo iba caminando por el pasillo de una iglesia con un vestido espantoso, del que sólo podía ver la falda enorme y unas desproporcionadas mangas globo de raso color blanco hielo. Otra vez soñé que me casaban con el marido de E., mi ex concubina, que en esa época preparaba su casamiento. Yo caminaba por el pasillo con los ojos llorosos, desesperada porque me estaba casando con el hombre que ama mi amiga del alma. El tampoco quería casarse conmigo. Y al llegar al altar la veía a ella, también llorando, tanto o más horrorizada que yo.

III
Meses atrás, a pocos días de haber cortado con Ex, me invitaron al casamiento de un compañero de trabajo. Un muchachito joven, que todavía ni siquiera terminó la facultad, al que sospecho casaron virgen. A mí la situación me deprimía tremendamente, por razones que no sólo podrían encontrarse en mi separación, en el hecho de que ninguno de mis amigos iba a la fiesta, o la angustia ante la juventud e inexperiencia de los novios. Mientras mis quejas aumentaban con la cercanía de la fecha, la Dra., siempre cautelosa a la hora opinar sobre vidas ajenas, incluso sobre la mía, fue terminante:
- No vayas. Los casamientos siempre te ponen mal.
-De qué hablás, le dije yo.
-¿No te acordás?

IV
Entonces la Dra. dio ejemplos. Por lo menos cinco ejemplos que abarcan los últimos siete u ocho años. Casamientos de gente muy querida en los que nunca logré divertirme del todo. Irracionales maratones durante los días previos, obsesionada por conseguir el chal indicado para el vestido, los zapatos y los aros perfectos. Bodas para las que contaba los días como si se acercara la fecha de mi propia ejecución. Escándalo mayúsculo cuando Ex (por razones bastante comprensibles) amagó con no acompañarme a la primera boda importante en mi familia.
Le digo a la Dra.:
-¿Y siempre me puse así?
-Sí.
-¿Y vos siempre lo tuviste claro?
-Y… sí.
-¿Y nunca se te ocurrió avisarme?

V
Resulta que los casamientos me descompensan. Tenga con quién ir o no. Tenga qué ponerme o no. Peor si no tengo acompañante. Y mucho, mucho peor, si no tengo qué ponerme o lo que tengo no me convence. En la siguiente sesión, le cuento todo esto a mi psicóloga. Me dice que ella también lo sabía. Que es la institución. Resulta que es la institución lo que me molesta. Es cierto que también me molestan la parafernalia, el vestido, el carnaval carioca, el exceso de comida, la ceremonia por Iglesia de gente que en su vida pisó una iglesia, el enorme gasto de dinero y la gente que va para criticar los centros de mesa y el pollo a la crema. Pero el verdadero tema es otro: como se supone que yo rechazo todo lo que tenga que ver con las instituciones, y la matrimonial es una de las más tradicionales, el casamiento me provoca esta reacción. Y, al parecer, todo el mundo siempre lo supo: hasta mi propio inconsciente. Será verdad que una es siempre la última en enterarse...

lunes, 21 de mayo de 2007

Elecciones




I
Ayer llegó a Buenos Aires mi tío, el marido de la única hermana de mi madre, y organizamos una cena familiar para recibirlo. En la mesa, mi tío comenzó a contarnos los últimos chistes que le hacen con mi tía al nuevo novio de mi prima la menor. Chistes tontos, que si yo intentara reproducir aquí perderían por completo su efecto y sonarían a cargadas entre estudiantes de primaria. Pero el punto es que mi tío y su mujer son gente muy graciosa, con un sentido del humor activo, que alimenta y forma parte de su vida cotidiana.
II
Mi tíos están juntos hace unos cuantos (¿30?) años, tienen miles de diferencias que no intentan ocultar, y han pasado como todo el mundo por situaciones lindas pero también muy traumáticas, pero forman una de las parejas más sólidas e interesantes que conozco, y creo que en la base de su éxito ocupa un lugar fudamental el sentido del humor. Cuando hay público, funcionan casi como un dúo haciendo stand up comedy: hay contrapunto, hay un timing, hay una sincera sorpresa cuando al otro se le ocurre algo que hace reír.
III
Quizás porque les tocaron padres que tienden a la melancolía, mi tía y mi madre son mujeres cuyo sentido del humor les permite reírse de todo, pero ante todo de sí mismas. Aunque no hay muchas otras cosas en las que me parezca a mi madre, me doy cuenta de que sí repito ese rasgo. La primera vez que llevé al Ex a la casa de mis viejos, aunque no me lo dijo en estos términos, sé que la única persona de mi familia que entendió qué hacía yo con él fue ella . Ex no es una persona particularmente sociable (más bien todo lo contrario) ni particularmente brillante, ni es guapo de una manera obvia (aunque para mí sí lo sea). Pero es, o era, seguro, alguien con una gran capacidad para arrancarme una carcajada con poco esfuerzo. Y esto, a la hora de detectar o acercarme a alguien del sexo opuesto, para mí es fundamental. Habrá mujeres que busquen seguridad emocional, económica o policíaca, otras estarán interesadas en el talento artístico del hombre en cuestión; alguna querrá que le provean certezas intelectuales. Yo, en cambio, no puedo ni pensar en arriesgarme a meterme en la cama con un tipo que no va a saber tomarse con humor las situaciones ridículas e inesperadas que se presentarán inevitablemente.

Ya saben, entre Steve Carrell y Brad Pitt no tengo dudas de a quién elegir.

sábado, 19 de mayo de 2007

Inmortal


I
Me enamoré de P. la primera vez que lo vi. El aún no había traspasado el marco de la puerta del aula, todavía no se había sentado ni disculpado con la profesora por haber llegado tarde, y yo ya estaba completamente perdida. En las siguientes clases, mis estrategias para acercarme funcionaron. Supe casi enseguida que tenía una novia en La Plata: se habían conocido un par de años atrás en unas vacaciones y él viajaba a verla los fines de semana. En lugar de alejarme, de buscar otros compañeros para hacer el trabajo en grupo y continuar con mi vida como cualquier persona normal, en ese momento no tuve mejor idea que quedarme allí. Y convertirme en su mejor amiga.
II
Por esa época yo todavía creía que Mario Benedetti era un buen escritor y eso de “mi estrategia es entonces más directa y más simple/que un día cualquiera/no sé cómo ni con qué pretexto/por fin me necesites” sonaba convincente, adecuado y hasta emocionante. Durante el año siguiente, pues, con los consejos del señor Benedetti, me dediqué a hacerme imprescindible. Hasta me hice amiga de su mejor amigo, un sujeto desagradable que estaba de novio con una maestra jardinera alta y bonita, pero atendía a varias amantes entre clase y clase en algún hotel alojamiento vecino a la facultad. Mientras tanto, P. y yo pasábamos el tiempo en algún bar cercano, o en su casa, o en el cine, o en cualquier parte donde él decidiera que teníamos que ir, porque yo, a esa altura, había perdido por completo la capacidad de discernimiento.
III
La novia de P. se llamaba Cecilia, pero todo el mundo la conocía como Juana. Su propia familia había empezado a llamarla así de chiquita, en honor a la reina de Aragón y Castilla conocida por su carácter irascible y sus bruscos cambios de temperamento. Para mí, sin embargo, Juana no era una enana demandante y eléctrica, sino todo aquello que yo no era: bailarina, delgada, grácil, novia de P. Cuando comenzaron las vacaciones de verano, aconsejada o casi obligada por mis amigas, que ya odiaban a P. a pesar de su aparente bondad, comencé unos débiles intentos por alejarme. Pero, como pasa con cualquier adicción, bastaba con un llamado suyo para que yo cayera otra vez.
IV
Cuando llegó la época de inscripciones, P. me llamó para anotarse en materias conmigo. Yo había jurado año nuevo vida nueva, así que contesté con evasivas hasta que él insistió tanto que tuve que decirle el horario y la comisión de una de las materias. A los pocos días, P. volvió a llamarme. Su voz esta vez sonaba rara: corté con Juana, me dijo, necesito verte. Mientras las piernas me temblaban, yo salí corriendo para encontrarme con un P. angustiado y lloroso que, lo había dicho por teléfono, necesitaba hablar con alguien. Aunque yo escuché que me necesitaba a mí.
V
Estaba claro que su relación estaba terminada, por lo que casi enseguida P. comenzó a sentirse mucho mejor. No estaba tan claro, en cambio, cuál sería mi lugar de ahora en más. Una cosa era escuchar sobre la enana déspota y otra muy distinta, por ejemplo, oír de la estúpida rubia teñida de la facultad con la que había terminado a los besos en la última fiesta. La semana en que empezaban las clases, P. me llamó para decirme que ese jueves no hiciera planes para después de cursar, quería llevarme a un bar irlandés que había conocido hacía poco. El jueves salimos, dijo. Yo escuché: el jueves salimos los dos solos.
VI
Fui a la facultad producida como para una fiesta. Mi remerita turquesa, mis zuecos altísimos de plataforma, mi jean preferido. Me maquillé lo más sutilmente que pude. La clase era un teórico multitudinario y aburridísimo, y en un momento P. me hizo una seña y me dijo: nos vamos ya. Nos levantamos delante de todo el mundo, dejamos a todos esos estudiantes apretujados y partimos a ese bar tan maravilloso que yo tenía que conocer.
VII
P. me trajo una cerveza artesanal para que probara y nos acomodamos en un rincón. La banda en vivo tocaba covers de U2. Me dijo que se había dado cuenta de que yo no quería anotarme con él en las materias. Yo no me atreví a decirle que sí, así que respondí que nada que ver. Seguimos tomando cerveza como si nada, mientras yo pensaba que había dejado pasar el momento adecuado. Pero enseguida supe que de todos modos ya era demasiado tarde, y que nunca habría lugar y momento adecuado para lo que yo tenía que decir, así que junté valor y hablé. Le dije que era cierto que no había querido anotarme con él, y después le dije todo lo demás.
VIII
El me abrazó un rato largo, dijo muchas veces “soy un boludo”. Me acuerdo de que en un momento yo empecé a llorar y creo que él también lloró un poco. También me acuerdo de que después nos fuimos del bar y empezamos a caminar y mientras íbamos por la Nueve de Julio se rompió la tira de mi sandalia negra de plataforma, pero que en lugar de tomar un taxi seguimos caminando -yo rengueaba y él me llevaba del brazo- las treinta o cuarenta cuadras que separan el microcentro de mi casa. Al llegar a la puerta, él evitó mirarme a los ojos cuando me dijo: “Sabés que si no pasó hasta ahora, es porque nunca va a pasar”.
IX
Demasiado alterada como para procesar la última frase, entré y llamé a mis amigas, que estarían esperando novedades. Sentía que acababa de hacer algo tremendo. A pesar de que en el fondo había sabido siempre cuál era la respuesta, me había lanzado sola al abismo, me había tirado al vacío sin paracaídas, me había golpeado voluntariamente la cabeza contra las piedras y había sobrevivido. Me sentía fuerte, poderosa. Soy inmortal, chicas, les dije cuando me atendieron el teléfono medio dormidas a las cuatro de la mañana. Sentía que, de allí en más, en materia de amor nada peor me podría pasarme. De alguna manera -aunque no exactamente de la manera en que yo creía en ese momento- tenía razón.

martes, 1 de mayo de 2007

Feliz coincidencia


I
Muchos años atrás, cuando este siglo recién empezaba, fui de vacaciones a Florianópolis con dos de mis mejores amigas: la Dra. y R. Habíamos decidido quedarnos la última semana en un pueblito muy pintoresco en el que, una vez allí, descubrimos que no pasaba absolutamente nada. Para peor, al tercer día nos encontramos en la playa con nuestro profesor de gimnasia localizada (a cuyas clases la Dra. y yo habíamos concurrido todo el año con la mente puesta en la bikini de las vacaciones), que exigió que nos deshiciéramos del pareo allí mismo para que él pudiera comprobar el resultado de su trabajo de meses. Demás está decirlo: no le hicimos caso.
II
Pero una tarde, mientras yo me quedaba leyendo en la arena, las chicas fueron a comprar algo al único almacén del pueblo, y sucedió. Conocieron a un grupo de diez amigos, también aburridos y de vacaciones en el mismo pueblo, que pasaron más tarde por nuestra playa a visitarnos. Mientras R. elegía al muchacho que le interesaba y armaba las parejas para el truco (yo no sabía jugar y todavía no aprendí), yo me quedé conversando con otro, el único que tampoco jugaba.
III
En busca de un tema de conversación, comenzamos a sondear gustos e intereses. Nos llevó poco descubrir que habíamos leído los mismos libros: enseguida citábamos la letra de la misma canción y la línea de diálogo de la misma película. Alcoyana-Alcoyana. Sonreíamos y asentíamos ante la referencia del otro, hasta que nuestras risas empezaron a escucharse cada vez más fuerte. Tanto, que en un momento los demás dejaron de prestar atención a las cartas para mirarnos. Era obvio, era demasiado, era casi ridículo. El corazón me latía a mil por hora. Cuando ellos se fueron, mis amigas vinieron a felicitarme. Ya está, decían, es re-lindo, decían, está con vos, decían. Yo no lo podía creer.
IV
El pibe resultó ser el único de los diez que tenía novia. Hacía cuatro años. Y su cuñado, el hermano de ella, era uno más del contingente de veraneantes (uno bastante antipático, me acuerdo bien). Otra noche, R. cocinó una cena para seis, Alcoyana vino y después de cenar fuimos todos a caminar por el pueblo. El y yo empezamos a caminar más lento y nos separamos del grupo. Al doblar una esquina, camino a la playa, nos encontramos con la mirada reprobatoria del cuñado buchón, sentado en el zaguán de una casa cualquiera. Lo cierto es que ninguno de los diez intentó nada con ninguna de las tres (por esta única razón, R. eligió bautizarlos, con exquisita sutileza, como “Los Putos”) y nosotras regresamos de ese pueblo bronceadas y despejadas, pero sin ningún prospecto interesante y apenas con alguna difusa promesa de reencuentro en Buenos Aires.
V
Fue entonces cuando decidí hacer prevalecer mi lado racional y no volver a dejarme deslumbrar por esas cosas. Las coincidencias que ponen la piel de gallina, en el fondo no dicen nada salvo que pertenecemos a una clase social y económica similar, que tenemos edades parecidas, y que estuvimos expuestos a los mismos estímulos más o menos por la misma época. Los hombres con los que salí después, tenían, por lo general, intereses diferentes. Su planilla de gustos nunca fue una fotocopia de la mía. Eso me sirvió para aprender a valorar cosas distintas, me dejé influenciar por ellos en algunos aspectos y creo que también viceversa. Ya no suena ninguna alarma dentro mío si alguien más adora el disco de Antony and The Johnsons, o es el otro fanático de la serie que nadie más mira. Ya no me sale. Aunque, quién sabe, a lo mejor debería.

lunes, 23 de abril de 2007

Freak Show



I
Desenamorarse no es fácil. Aunque una crea que está bien, terminar una historia, acostumbrarse a la ausencia, empezar una nueva rutina, puede traer efectos impensados. Conozco a algunas mujeres que, después de una separación, se instalan en el gimnasio, gastan fortunas en ropa y tratamientos, y se dedican a ponerse buenas. Otras rebotan como desaforadas y semi ebrias por los distintos after office del microcentro. Algunas se instalan en pijama a llorar y ver películas con Meg Ryan dobladas al castellano. Y se comen un kilo de helado y un paquete de bizcochitos de grasa por noche. O se matan de hambre hasta rozar la anorexia. Yo no llegué a ninguno de esos extremos. Y creía estar llevándolo bien: quizás por contraste con mi ruptura anterior, la gente se la pasa repitiéndome lo bien que me ve, cuánto he madurado, qué bien invertido el dinero en psicoanálisis. Pero no se dan cuenta. El proceso de la separación ha derivado a un lugar inexplicable, inesperado, tremendo.
II
Dos décadas conviviendo con cinco varones que miran canales deportivos las 24 horas no me habían hecho mella. Ahora, recién ahora, empecé a mirar fútbol. No sé cómo empezó, pero no puedo parar. No puedo asegurar que se trate de una reacción contra el Ex, que no era fanático, pero tampoco lo detestaba. Como gran parte de mi familia, el Ex es primordialmente basquetbolero, lo cual resultaba conveniente para nuestra relación: a mí me gusta el básquet, siempre miré básquet, fui muchas veces a la cancha, entiendo de estrategias, de puestos, me animo a opinar con cierta propiedad. Y siempre despotriqué contra el fútbol, que al lado del espectáculo del básquet, de la adrenalina, de la belleza de los movimientos, no tenía nada que hacer. Una idea que todavía sostengo.
III
Pero no puedo evitarlo. Ahora no sólo miro el resumen de los goles, o los momentos más interesantes del partido. Miro partidos enteros. Aburridos partidos de noventa minutos que muchas veces terminan sin que nadie haya marcado un miserable tanto. También miro programas de fútbol producidos por canales de cable misóginos: mesas redondas donde ex jugadores, ex árbitros y técnicos caídos en desgracia -todos con el cabello pintado y corbatas estridentes- discuten jugadas o inventan polémicas para justificar su sueldo. Reconozco a los jugadores por su cara: no sólo a los de Boca, River o San Lorenzo, no sólo a los delanteros, o a los que están bárbaros. Leo el Olé, y espero con ansias las columnas de Varsky y Arcucci en el suplemento deportivo de La Nación. Como un viejo nostálgico, puedo recitar sin repetir y sin soplar el plantel completo de Estudiantes de La Plata que ganó el Apertura 06. Nunca había pensado que tuviera un problema hasta esta noche, cuando caí en la cuenta de que mi combo favorito de los lunes está compuesto por el programa de Víctor Hugo y Perfumo + Grey’s Anatomy. Qué será de mí: soy un monstruo. Suerte que tengo un blog para desahogarme: si no, a quién podría contárselo.

lunes, 9 de abril de 2007

Herramientas


I
Cuando algo mecánico, eléctrico o de plomería se rompe, no sé qué hacer. Será que por haberme criado entre varones (cinco, entre padre y hermanos) nunca me vi obligada a aprender, siempre había alguien que sabía hacerlo y además le gustaba, o -por esta cuestión de los roles inculcados de la que siempre renegué pero sin embargo- se le pedía a otro que lo resolviera antes que a mí. La cuestión es que cada vez que pierde una canilla, falla el calefón, la tostadora, el televisor, un enchufe, o lo que sea, entro en pánico, me desespero, grito. Me bastan dos minutos para hacer retroceder cien casilleros las conquistas de independencia y autodeterminación conseguidas por el sexo femenino en los últimos doscientos años. En esos momentos críticos, padre y hermanos han contraído la costumbre de tratarme con la condescendencia destinada a un niño molesto, a un pariente tonto, o a una mascota demasiado confianzuda.

II
La semana pasada me quedé de un momento a otro sin señal de Internet. Llamé al proveedor y, después de minutos eternos de música funcional, un joven operador al que casi podía verle el rostro lleno de acné juvenil a través del teléfono me dio un número de reclamo y me anunció que recién podrían pasar por casa hoy por la mañana, es decir, seis días más tarde.

III
Llegan media hora antes de que sea la hora de irme: descubro que el chico que viene a arreglar el cable es el mismo que un año atrás vino a instalarlo. Es alto, tiene ojos celestes, es simpático. Me acuerdo bien de él: antes habían venido otros dos grupos de instaladores que, cuando comprobaron que traer la conexión a mi edificio requería de una complicada maniobra desde el edificio de al lado, huyeron para evitarse problemas con el difícil gremio de los encargados. Este, en cambio, fue el que habló con los porteros de los dos edificios, cruzó la medianera, y me instaló el cable y la banda ancha en un abrir y cerrar de ojos.

IV
Ahora me saluda y me dice que se acuerda. Lleva el pelo castaño largo hasta la cintura atado en una cola de caballo. Es resuelto, práctico, decidido. Trae una caja de herramientas, la ropa de grafa, las botas con suela aislante. Trae a un ayudante bajito, un Robin que me dice que él también estaba la primera vez, pero yo de él no me acuerdo. Revisan la conexión y dicen que es un problema de baja señal: me alivia confirmar que yo no rompí ni arruiné nada. Desde mi ventana veo al Muchacho del Cable treparse con agilidad a la terraza vecina y hacerme una seña de que está todo bien: el problema era de ellos -la maldita compañía que cada mes debita dinero de mi magra cuenta bancaria- pero esto no impide que yo experimente hacia él una infinita sensación de gratitud.
V
El Muchacho del Cable y su fiel ayudante se van; después de que bajo a abrirles, me prometo tomar las riendas de mi propio destino y anotarme pronto en un curso básico de electricidad, o -al menos- prestar más atención la próxima vez que vea a uno de mis hermanos arreglar algo. De lo contrario, me temo que terminaré enamorándome por las razones equivocadas del primer valiente que se ofrezca a cambiar el cuerito que pierde en la canilla del baño.

martes, 6 de marzo de 2007

Cara de Novia





I
La Dra. y yo conocimos a la Tía en nuestro primer año de estudiantes en Buenos Aires. La Tía era de un pueblo cercano al nuestro: enseguida me cayeron bien su espontaneidad, su inteligencia y su modestia. Sin embargo, de haber vivido en el mismo pueblo, seguramente no habríamos podido ser amigas. La Dra. y yo fuimos al secundario en el colegio donde estaban las chicas más lindas, pero estábamos en el otro curso, el de las que tenían buenas notas. Mientras la Tía en su pueblo era elegida Reina de la Fiesta de alguna Oleaginosa y tenía un novio oficial tres años mayor, nosotras perpetuábamos el statu quo festejando la Semana de la Dulzura como si se avecinara el Apocalipsis, cultivando amores imposibles, y adoptando las modas menos sentadoras de la época.

II
Para cuando nos conocimos en la Capital, la Tía nos llevaba varios cuerpos de ventaja. En esa época, por ejemplo, ella ya sabía que quería casarse y tener hijos, y actuaba en consecuencia. A diferencia de nosotras, que no podíamos pensar en el futuro más allá de los veinticinco, la soltería siempre fue para la Tía el breve lapso –un parpadeo, apenas– entre un novio y el definitivo. Mientras nosotras perseguíamos al guitarrista de la bandita de rock y creíamos que de verdad al día siguiente nos llamaría, porque que de verdad se acordaría de memoria nuestro teléfono, la Tía comenzaba a insistirnos con el ahora famoso: “Poné Cara de Novia”.

III
Parece que sí, que hay una Cara de Novia. Por aquella época, un sábado a la noche en el que me fue a buscar a casa y prácticamente me obligó a vestirme para salir, la Tía conoció al Tío. Estábamos sentadas en el sillón de un boliche –que ahora se llama distinto– en Palermo –que ahora se llama Soho–. Lo vio entrar y, aunque la puerta quedaba a unos cuantos metros de distancia y la Tía es bastante corta de vista, dijo con seguridad:
-Me gusta ese chico.

IV
Aproximadamente dos años más tarde, la Tía se casó con el Tío, que resultó ser una persona adorable y encabeza mi ranking de marido-novio favorito de todos los tiempos de cualquiera de mis amigas. La Tía y el Tío son tal para cual, y llevan una vida organizada pero divertida, llena de actividades, viajes, amigos, y logros profesionales y personales. De hecho, dentro de pocos meses la Tía nos dará nuestro primer sobrino. Aunque carecemos de esa fiebre de planificación, la Dra. y yo no tenemos de qué quejarnos: nuestro aspecto mejoró notablemente desde la época del secundario, trabajamos de lo que nos gusta y –con nuestros altibajos sentimentales– somos muchachas sanas y queridas por quienes nos rodean.

V
Después de haber comprobado las bondades del sistema, la Tía quiere ver a todas sus amigas enamoradas y en pareja, y se dedica a evangelizar escépticas con la convicción de un pastor brasileño de trasnoche. Cada vez que habla de alguna conocida, o de otra de sus amigas del pueblo aún soltera, sentencia con preocupación: “es que no pone Cara de Novia”. En el último tiempo ha llegado a tomar cartas en el asunto para comenzar a formar parejas por su cuenta. Con mi reciente separación, y el hecho de que la Dra. –a pesar de sus evidentes cualidades– lleve un par de años sin novio formal, era cuestión de tiempo hasta que llegara nuestro turno. Como para la Tía el orden es importante, a la Dra. le tocó primero.

VI
“Tengo un compañero de trabajo para presentarte”, decía el mensaje de la Tía en el contestador. “Te va a encantar: es igual a mí”. La Dra. me repite, incrédula, “¿Me va a gustar porque es igual a ella?”. Ya sabés lo que quiso decir, digo: que si te llevás bien con ella, vas a llevarte bien con él. La Dra. no quiere una presentación oficial, pero tampoco está segura de aceptar una cita a ciegas: su única experiencia en este tipo de encuentros resultó un fracaso. Comienzo mi campaña: la Tía confía en mi poder de persuasión. A lo mejor puedo pedirle una foto, me dice. De ninguna manera, digo yo, categórica, las fotos siempre engañan. Dan una impresión, una sola, y puede ser la equivocada: tenés que conocerlo personalmente. Está bien, dice la Dra., ya convencida, voy a salir: la Tía me conoce, sabe quién me puede llegar a gustar.

VII
Mis teorías sobre la arbitrariedad de la imagen fotográfica y la subjetividad de la percepción no sirvieron de nada. La Tía, envalentonada después de una primera experiencia como Celestina –presentó a un amigo del Tío con una ex compañera suya, y hubo intercambio de números de teléfono– llevó la cámara al trabajo y tomó imágenes del Candidato. Se las envía por mail a la Dra., que viene a casa a verlas conmigo. El Candidato ya está avisado y aprobó su currículum: sólo falta un sí de ella y se produce el encuentro. Los archivos tardan en abrir; cuando lo hacen, las dos exclamamos al mismo tiempo dos frases distintas:
-No es mi tipo. No salgo ni loca.
-Qué fuerte que está.

VIII
Definitivamente, el Candidato es más mi tipo que el de ella. La Dra. reconoce que se parece bastante a mi Ex, y en nada a cualquier muchacho en el que ella se haya fijado desde, por lo menos, los quince años que la conozco. Cree que, por más voluntad que ponga, no va a haber coincidencia. No hay vuelta atrás. Esta vez, no me alegro de tener razón.

IX

La otra pareja armada por la Tía tampoco prosperó: aunque su ex compañera puso toda la Cara de Novia que pudo, el amigo del Tío nunca volvió a llamarla. La Dra., por su parte, encontró candidato solita: un muchacho que a primera vista no le pareció ni fu ni fa, pero que la conquistó en base a buen humor, sensibilidad y atenciones. La Tía no se da por vencida. Su próximo objetivo soy yo, dice, aunque asegura que en este momento no estoy en condiciones de poner Cara de Novia. Primero, sostiene, necesito una relación “de transición”, y recién entonces la Cara de Novia me va a salir sola. Yo le creo. Se ve que me tiene fe.