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miércoles, 7 de enero de 2009

Atribución

I
Parece que tengo novio. Digo parece porque nadie me preguntó si quería ser su novia, aunque ya nadie pregunta esas cosas. Pero todas las actitudes del muchacho me dan esa pauta. Y si, por ejemplo, hoy a alguien se le diera por preguntarme si tengo novio, mi respuesta sería sí. Igual, a mí la gente no me pregunta eso. Me preguntan de la crisis mundial, de cine, me paran mucho para preguntarme dónde queda tal o cuál calle, pero eso no. Asumirán que estoy soltera todo el tiempo o que no lo estoy, o tendrán miedo de que su interés se interprete de manera equivocada, no sé. Yo tampoco pregunto por qué no me preguntan.
II
Alguno de ustedes ya se habrá enterado de que no me gusta la palabra novia, ni los vestidos de novia, ni los ramos de novia, ni nada relacionado con ese folklore. Pero, aunque todo el tiempo aparecen palabras para definir los estadíos de una relación, no hay un sinónimo de novio/a. Hace siglos que la gente no "se declara", por lo que la relación va mutando sobre la marcha y en un momento te das cuenta de que cambió. El tema es cómo advertir si la persona con la que estás saliendo, a la que te unen ciertos sentimientos, pasó a ser tu novio/a y no una simpatía, un pretendiente, un amante, un amigovio, un chongo, un sex buddy o un toco y me voy.
III
Cada uno tendrá su manera de darse cuenta. En mi caso, yo sé que no dejo que la gente me rete. Si me retan me enojo; diría mi amigo Pablo que me pongo torera. Siempre me porté bien así que de chica me retaban poco, y me malacostumbré. Ahora, de grande, hay muy pocas personas en el mundo que tienen la potestad para retarme. Mis padres ya no: sí mis amigas E y la Dra, mi analista cuando tenía, y creo que nadie más.
IV
Pero ayer o antes de ayer me surgió un obstáculo, una contrariedad, un problema, y me abataté. Mi primer impulso fue tomar responsabilidad por lo que había pasado, aunque estaba lejos de ser asunto mío. Entonces le conté al muchacho, que me mostró que esa no era la actitud para enfrentar la situación. En lugar de entorerarme, escuché atentamente y asentí. El reto me despabiló: salí dando saltitos con los puños en el aire y tarareando The eye of the tiger, dispuesta a enfrentar lo que se me pusiera delante. Más tarde, cuando reconstruí la escena y entendí, lo llamé para agradecerle por haberme retado, pero le aclaré que esto no iba a ser siempre así. Por esta vez pasaba, le dije, pero no iba a permitir que él tuviera siempre la razón.

jueves, 5 de junio de 2008

Separaciones


“Thought I'd cry for you forever
But I couldn't so I didn't
people's children die and they don't even cry forever”

(Rejazz , Regina Spektor)


“Ya no sé lo que pensar
Si tu recuerdo me hace bien o me hace mal”

(Tu recuerdo, Ricky Martin)


I
Quién me entiende. Paso meses despotricando contra mi psicóloga, trabándome con ella en intensos rounds de cincuenta minutos, convencida de que sus intervenciones ya no me sirven de nada, incluso escribiendo del asunto aquí mismo, y ahora que ella anuncia “tenemos que charlar el alta”, pienso que quizás este último tiempo no haya sido tan inútil; que quizás alguna cosa que dijo logró sorprenderme; que quizás, después de todo, todavía la necesito.
II
Después de meses de aburrimiento extremo y falta de motivación, de revisar a diario páginas web de consultoras y clasificados, después de una ronda de entrevistas y pruebas que ni para American Idol, consigo por fin un trabajo nuevo: un trabajo que me presenta desafíos, que me obliga a vestirme bonita todos los días, que me hace estar rodeada de objetos hermosos y relacionarme con gente interesante y artística; un trabajo al que hasta puedo ir y volver caminando. Pero mientras hoy de regreso a casa atravieso plazas, parques y embajadas, se me da por extrañar el otro, el aburrido, triste y escondido trabajo viejo, donde todos me conocían y todavía me quieren y podía ir con mi peor jean si quería y donde nadie se permitía dudar por un instante de mi capacidad o talento.
III
En estos últimos meses, descubrí, más que nunca, que los cambios me incomodan. Que por más que los busque y los persiga, me resulta muy fácil verme tentada por el confort de lo familiar. Que mientras en la práctica podríamos decir que ya me olvidé del Chico (porque no lloro más por él, porque me olvidé de su cumpleaños, porque –sea o no para mí– vuelvo a sentir la emoción de descubrir a un hombre del que quiero saber mucho más) sin embargo algunas veces me encuentro, casi por inercia, extrañando algo que en el fondo no estoy segura de extrañar de verdad.
IV
Cuando la falta de garantías del futuro me asusta, cuando algo –quizás terrible, pero quizás maravilloso– está a punto de suceder, el pasado vuelve. El recuerdo como una frazadita que abriga poco, que queda corta en los pies, pero que todavía es tibia y cómoda. Entonces siento esa especie de culpa por haber cambiado, por querer algo distinto, algo mejor. Pero lo distinto y mejor sólo puede aparecer cuando a lo viejo y conocido se le dijo adiós. Y, precisamente, esa es la parte que hoy más me cuesta.

viernes, 18 de abril de 2008

Lección

I
No voy a hacerme la víctima. Odio a las víctimas. A la chica llorosa con el pañuelito estrujado en la mano. Un duelo no puede durar para siempre. De a poco mi vida vuelve a sus cauces. Vuelvo a ser la chica pre-Chico. Lloro menos y siempre a solas, viajo a Mendoza, conozco a mi sobrino, veo a mis primas, soporto sin llorar los comentarios de mi abuela, abrazo a mi abuelo, regreso, en el medio hago chistes, me río de los chistes de los demás. Pero aquí pasó algo. No soy igual. Estoy triste. Una tristeza masiva, casi secreta, que pasa por debajo de todas las cosas y las modifica, las vuelve más opacas, les cambia el color. Y no, no es el humo con el que me recibió Buenos Aires.
II
Mi analista dice que esto es ahora, que ya va a pasar. Como sucede últimamente, me enojo muchísimo con ella. Para escuchar esas cosas me quedo en mi casa – le digo– pienso qué es lo primero que le diría a otra persona en mi situación y lo repito en voz alta. O llamo a cualquier amiga que haya sufrido alguna vez un desengaño amoroso (es decir, llamo a cualquier amiga) para que me lo diga sin tener que moverme de mi sillón y sin gastar un centavo. El tiempo cura todo, dirá también mi amiga. Y yo bien podría responder: ok, ahora contame algo que no sepa.
III
Entonces mi amiga, con la mejor buena voluntad del mundo, me dirá, por ejemplo: “esto te va a enseñar algo”. Es el preciso momento en el que yo me indigno. Me dicen "de esto vas a aprender" y quiero salir con una metralleta a liquidar a todos. Me indigno con ustedes los comentaristas, me indigno con mi mamá, con el colectivero del 59 que me escuchó llorar durante treinta cuadras (durante las cuales tuvo la delicadeza de no levantar a ningún pasajero, díganme si no estuvo bien). No me jodan. No quiero aprender nada. Al primero que dijo que de los fracasos amorosos se aprende, tráiganmelo que le explico cuatro cosas. A aprender se va al colegio. Una no templa su carácter fracasando en el amor como una especie de soldado espartano preparándose para morir en batalla.
IV
No conozco a nadie que a fuerza de que le rompan el corazón una y otra vez haya conseguido la fórmula para hacer de la siguiente su relación perfecta. Más bien conozco a gente que tiende a encadenar relaciones poco exitosas y a otra gente que, sin aparente esfuerzo ni grandes méritos, está siempre-siempre en pareja y una no entiende por qué. Porque tienen bajas expectativas, dirá entonces mi amiga, que a esta altura ya me tendrá un poco de miedo. Pero ahora vos sabés lo que querés, dirá en esta ocasión mi analista, porque parece que a eso se reduce todo. A estar hecha un trapo, pero sabiendo lo que una quiere. Y yo contestaré que sí, mierda, que sé: quiero dejar de hacer limonada porque la vida me dio limones. Quiero dejar de ser la alumna boba de la escuela del amor.

jueves, 3 de enero de 2008

Elegancia *


I
Estamos en una reunión conversando con un amigo en común. Acaban de presentarnos. En un momento, el amigo hace referencia a una situación de la que ellos dos habían participado. Me empiezan a contar que Él discutió con una chica a la que yo vi dos veces en mi vida, que me pareció bastante antipática, y que en el diálogo que me relatan claramente dijo una estupidez.
II
El amigo en común le insiste para que Él siga contándome, dándole a entender que estamos en confianza, que delante mío puede hablar mal de la otra. Elegantemente, Èl evita hacerlo: como si no hubiera entendido, señala con calma sus objeciones a los argumentos de ella y seguimos hablando de otra cosa.
III
Es el momento en el que un hombre de apariencia perfectamente común tirando a descuidado, un adulto que en una reunión social lleva puesto un pulóver viejo con dos agujeros en la espalda, pasa de ser un simpático desconocido a ser otra cosa. Una especie de príncipe azul en el envase de un intelectual desaliñado.
IV
Me obsesiono como una adolescente. Como cuando en tercer año del colegio fuimos a un retiro espiritual y todas nos enamoramos del profesor que se estaba por hacer cura, y después, a la noche, todavía afiebradas por estar al sol o cerca de él todo el día nos juntábamos en una pieza y decíamos: no, no, Dios mío por favor que no se haga. Resulta que tener quince años y treinta y uno es exactamente lo mismo. Al menos, los enamoramientos grupales eran más seguros. La desprotección da mucha vergüenza.
V
De todos modos, ya pasaron varios días, y sigo sin saber si Èl es heterosexual, soltero, o si al menos tiene algún interés por el sexo en general. Mi analista dice que no parece gay, y ella lo vio, aunque sólo de lejos, en la presentación de un libro de un ex paciente suyo y actual amigo mío (mi analista es así). La teoría de que está solo apenas se sustenta en los agujeros del pulóver: si sale con alguien, hace demasiado poco. Una mujer que te ama o que al menos siente alguna inclinación por vos no permite que andes por ahí con un pulóver tan rotoso. Si es novia nueva, quizás aún no haya visto el pulóver, o no se haya atrevido a decirle nada. Pero teniendo en cuenta nuestras diferencias espacio temporales y los límites del decoro que una chica como yo debería respetar, lo más probable es que por el momento no me entere de nada más.
*Ya sé que este post es viejo -o "vintage"- mis disculpas a los que ya lo recibieron. Pero todavía sigue vigente, y mis neuronas están adormecidas por el calor...

sábado, 1 de diciembre de 2007

Enumeración

I
Una tarde, días atrás, mi amigo L. vino a tomar la merienda a casa. Mientras le reportaba el panorama o debería decir el páramo de mi vida sentimental, con la actualización del estado de todos los prospectos (éste es aburridísimo, aquél tiene novia, este otro habla de dinero todo el tiempo, el de más allá desapareció de la faz de la Tierra) él lanzó, espontánea, esta pregunta:
-¿Pero cómo puede ser, Alice, que te cruces con tantos pelotudos?
- Será que me tengo que cruzar con diez pelotudos para que el número once no lo sea, contesté , sin meditarlo un segundo.
II
Yo misma me sorprendí por no haberle dado la respuesta que podría haber dado en otra época de mi vida: claro L., tenés razón, estoy haciendo todo mal, elijo horriblemente y encima ya no hay hombres, qué voy a hacer; me voy a quedar sola para siempre hablándole al espejo con un gato en brazos como esa pobre chica de la publicidad de Wiskas.
No señor, no dije ninguna de esas cosas.
III
Esta novedad puede tener más de un causa: primera, que las arengas de mi psicoanalista –que insiste con que estoy mucho mejor y más rubia y más alta y mucho menos fóbica que antes- funcionan.
Segunda, que vivo en un estado de autoengaño permanente para no sufrir y que, simplemente, el número once no existe: todos los hombres con los que me cruzaré de aquí en adelante serán, infaliblemente, unos pelotudos.
Tercera: no tengo tercera. Tengo sólo estas dos.
IV
¿Será así como dicen? ¿Habrá que besar muchos sapos para que uno de ellos por fin se convierta en príncipe? Excepto que yo creo que el príncipe azul destiñe, y tengo una relación de fascinación-odio con el cuento de Cenicienta y todas esas bobas princesas que esperan en el balcón ser rescatadas. En cambio, tengo la convicción de que, de existir tal cosa como un número once o varios números onces posibles allí afuera, no me los voy a cruzar encerrada aquí adentro. Cuando digo aquí adentro digo en mi casa, en la comodidad de mis libros y mi música y mis cosas, por ahora no con gato porque odio los gatos con todas mis fuerzas y el día en que sienta mínimos deseos de tener uno será el momento de hacerme internar. Pero, decía, estar dispuesta a salir del confort de uno mismo ya es un paso importante ¿o no? Contéstenme que sí: aunque sea como a los locos…

domingo, 3 de junio de 2007

Wedding planet


I
Anoche tuve una pesadilla. Soñé que me casaba con Ex. Soñé que Ex, seis meses después de nuestra separación, volvía del pueblo donde ahora vive para casarse conmigo. Volvía como si nada: aparecía, me tomaba de la mano y me decía, bueno, mañana nos casamos. Como si tuviera que hacer un trámite cualquiera, renovar el registro de conductor o algo así. Las cosas no habían cambiado entre nosotros, y ninguno de los dos parecía entusiasmado. Por suerte, no era un casamiento con toda la pompa, pero de todos modos era casarse. En el sueño yo no quería decírselo a nadie, ni siquiera a mis viejos, y tampoco sabía cómo decirle a él que no.

II
Yo sé que desde niñas muchas mujeres sueñan con el día de su casamiento. Incluso he visto en vivo transformarse la cara de la que un segundo atrás repetía “quiero algo muuuy sencillito”, al verse por primera vez frente al espejo enfundada en corset y miriñaque. Yo también sueño, pero otra cosa. Una vez soñé que me casaban a la fuerza con un hombre mayor al que no conocía, alguien parecido a Cacho Castaña. Veía todo como en una toma subjetiva, mientras yo iba caminando por el pasillo de una iglesia con un vestido espantoso, del que sólo podía ver la falda enorme y unas desproporcionadas mangas globo de raso color blanco hielo. Otra vez soñé que me casaban con el marido de E., mi ex concubina, que en esa época preparaba su casamiento. Yo caminaba por el pasillo con los ojos llorosos, desesperada porque me estaba casando con el hombre que ama mi amiga del alma. El tampoco quería casarse conmigo. Y al llegar al altar la veía a ella, también llorando, tanto o más horrorizada que yo.

III
Meses atrás, a pocos días de haber cortado con Ex, me invitaron al casamiento de un compañero de trabajo. Un muchachito joven, que todavía ni siquiera terminó la facultad, al que sospecho casaron virgen. A mí la situación me deprimía tremendamente, por razones que no sólo podrían encontrarse en mi separación, en el hecho de que ninguno de mis amigos iba a la fiesta, o la angustia ante la juventud e inexperiencia de los novios. Mientras mis quejas aumentaban con la cercanía de la fecha, la Dra., siempre cautelosa a la hora opinar sobre vidas ajenas, incluso sobre la mía, fue terminante:
- No vayas. Los casamientos siempre te ponen mal.
-De qué hablás, le dije yo.
-¿No te acordás?

IV
Entonces la Dra. dio ejemplos. Por lo menos cinco ejemplos que abarcan los últimos siete u ocho años. Casamientos de gente muy querida en los que nunca logré divertirme del todo. Irracionales maratones durante los días previos, obsesionada por conseguir el chal indicado para el vestido, los zapatos y los aros perfectos. Bodas para las que contaba los días como si se acercara la fecha de mi propia ejecución. Escándalo mayúsculo cuando Ex (por razones bastante comprensibles) amagó con no acompañarme a la primera boda importante en mi familia.
Le digo a la Dra.:
-¿Y siempre me puse así?
-Sí.
-¿Y vos siempre lo tuviste claro?
-Y… sí.
-¿Y nunca se te ocurrió avisarme?

V
Resulta que los casamientos me descompensan. Tenga con quién ir o no. Tenga qué ponerme o no. Peor si no tengo acompañante. Y mucho, mucho peor, si no tengo qué ponerme o lo que tengo no me convence. En la siguiente sesión, le cuento todo esto a mi psicóloga. Me dice que ella también lo sabía. Que es la institución. Resulta que es la institución lo que me molesta. Es cierto que también me molestan la parafernalia, el vestido, el carnaval carioca, el exceso de comida, la ceremonia por Iglesia de gente que en su vida pisó una iglesia, el enorme gasto de dinero y la gente que va para criticar los centros de mesa y el pollo a la crema. Pero el verdadero tema es otro: como se supone que yo rechazo todo lo que tenga que ver con las instituciones, y la matrimonial es una de las más tradicionales, el casamiento me provoca esta reacción. Y, al parecer, todo el mundo siempre lo supo: hasta mi propio inconsciente. Será verdad que una es siempre la última en enterarse...