IHace unas semanas me fui de vacaciones a Bolivia y Perú con tres chicas más. Durante quince días el grupo se compuso de cuatro mujeres y un varón, al que llamaremos A, que era nuestro guía y pasaba con nosotras casi las 24 horas. Desde luego, llegó un momento en el que hablábamos delante de él como si no hubiese un hombre presente. El día cinco o seis, durante la etapa boliviana, se incorporó al grupo Osvaldo, un guía local que convivió dos días con nosotros. A Osvaldo, claramente, la compañía de cuatro mujeres presa de la euforia de los primeros días de vacaciones lo exasperaba un poco. Yo, por mi parte, no lograba entender cómo hacía A. para no inmutarse ante nuestras conversaciones, preguntas y reclamos. Ya lo sé, es su profesión y está acostumbrado, pero también Osvaldo, para el caso. Durante una cena en nuestra última noche en Copacabana, comprendí: cuando salió el tema de nuestras familias, A. reveló que tenía cuatro hermanas mujeres.
II
Este ejemplo sirvió para reforzar algo que sostengo desde hace tiempo: todos los hombres deberían tener hermanas. Y a aquellos que no tienen, deberían proporcionárseles hermanas sustitutas. Estoy convencida, además, de que los hombres con hermanas son mejores parejas. El universo femenino es infinitamente más complejo que el de los hombres: está hecho de la suma de pequeños detalles en apariencia insignificantes, y que sólo pueden apreciarse durante una convivencia prolongada y entre pares. Por infinitos motivos, con las madres no alcanza, y unas vacaciones en carpa con la novia a los veintiún años tampoco son suficientes para que ellos comprendan de qué estamos hechas.
III
El hermano es el primer hombre testigo de los momentos más humillantes de la vida de una: el varón que tiene hermana, la ve llorar junto al teléfono porque el chico que le gusta no la llamó. Es observador de la fluctuante dinámica de la relación madre-hija, sabe que cada tantas semanas hay que calentar la cera para depilarse el bozo, que una vez al mes los cambios de humor pueden convertirnos en bestias imprevisibles. Nos ve matarnos de hambre durante dos semanas y despacharnos seis alfajores de maicena en dos minutos. Sabe que antes de salir acaparamos el baño y nos probamos cincuenta vestidos, y tiene horas de conversaciones escuchadas -por teléfono o en vivo- con nuestras amigas.
IV
Por eso, y aunque a veces no fueran de lo más simpáticas, siempre respeté mucho a las hermanas de mis ex, y jamás intenté tirarles mala onda. Consideraba que, de alguna manera, ellas eran quienes me habían allanado el camino. Por mi parte, en casa, como única mujer de cinco, mis hermanos alguna vez me vieron resistir estoica ante el guiso de lentejas porque estaba a dieta, me miraron desconcertados cuando me emocioné con un programa de tele; en alguna ocasión, uno debió salir corriendo a la farmacia a comprarme Ibuevanol. Creo que todo esto fue ni más ni menos que darles una educación. Espero que todas mis cuñadas -actuales, potenciales y futuras- sepan apreciar el esfuerzo realizado. Pero ni falta hace que me lo agradezcan.






