domingo, 23 de diciembre de 2007

Inolvidable


“El tiempo no es un doctor (…) El tiempo sólo te cura lo que no importa ya”
Enrique Bunbury, Un bastón para tu corazón
I
El Ex tiene novia nueva. Me acabo de enterar. Yo no quería saber, pero la única de mis amigas que vive en el pueblo me lo tiró por msn. Encima la conozco, a la nueva. No sé si eso es mejor o peor. Busco en mi disco rígido cualquier información que pueda haber acumulado sobre ella en los años que pasé en el pueblo y encuentro: es gorda. A menos que haya adelgazado mínimo diez kilos, es gorda-gorda. Si mal no recuerdo, también es fea. Debe seguir siendo más o menos fea: para eso no hay mucho que hacer. También recuerdo que es buena mina. Y que la familia de él y la de ella son muy amigas. Que sus padres trabajan juntos. Que viven a dos cuadras de distancia. Que son fanáticos del mismo equipo de básquet. Todo cierra perfecto. La vida del Ex está arreglada para siempre.
II
Pero tengo que enterarme justo hoy, que lo pasé oscilante entre el espanto de ver la rutina de las parejas discutiendo por estúpidos regalos navideños y la nostalgia de no tener un muchacho con quién decidir qué le compramos a tu mamá, qué llevamos a lo de mis viejos, a casa de los amigos de quién vamos después de las doce. Seguramente la familia de ella y la de él pasarán las fiestas juntos, en la quinta de ella, y todos brindarán a las doce por la feliz pareja. Me cuesta imaginar al Ex ahí, con sus fobias, en medio de lo que desde afuera tiene toda la pinta de un matrimonio por conveniencia, soportando tranquilo toda esa presión. Por más que él la quiera: no lo veo en una relación en la que no haya, al menos, cariño, y estoy segura de que ella es una chica querible.
III
De todos modos, el shock persiste: que él sea de los dos el primero en volver a ponerse de novio es, para mí, inesperado. Mi primer pensamiento mezquino fue: si sale con ésta mis acciones bajan, si estuviera con una diosa entro en la categoría diosas-que-salieron-con-el-Ex; pero ahora a los ojos del pueblo voy a ser un poquito más gorda, más deslucida, más parecida a la imagen del colegio secundario que habrá quedado de mí que a ésta (más sofisticada, más estilizada, más linda) que creo ser hoy.
IV
Hay algo más: que tenga novia nueva me hace pensar que debió hablar de mí con ella, que ya me convertí en el relato de la relación anterior, el resumen que se cuenta a la pareja siguiente, la exageración de los defectos, la atenuación de las virtudes, la enumeración de condiciones que motivaron la ruptura. Soy un fragmento del discurso amoroso, mientras él todavía pertenece para mí al presente continuo. El es, todavía, el Ex. Si se pelea con ésta, y no se casan ni –como imagino– se van a vivir a la quinta a regar plantas y criar perros (aunque el Ex odia a los perros), yo ya no seré la Ex. Quedaré todavía más lejos en el pasado. Seré todavía un poco más olvidable, algo que mi ego hoy no está en condiciones de absorber.

viernes, 7 de diciembre de 2007

Distinción

I
Me encanta la ropa. Lo único que me impide convertime en una fashionista extrema es, simplemente, mi presupuesto. Soy una de esas personas que combina la ropa interior con la exterior, aunque la de abajo no vaya a ser vista por nadie más que por mí. Prefiero que los vecinos de mi edificio me vean salir de casa en camilla y con los pies para adelante antes que ser sorprendida en jogging yendo a hacer las compras. No comprendo la elegancia del atuendo deportivo: si voy al gimnasio, recorro las cuadras que me separan de éste a velocidad de correcaminos.
II
Sin embargo, el proto fascismo que ejerzo conmigo misma no suelo trasladarlo a las personas del sexo opuesto. Es más: siempre me produjo un cierto rechazo el hombre que presta demasiada atención a su aspecto físico, vestuario incluido. Esta es una curiosidad que aún no consigo desentrañar. De hecho, en el último tiempo descubrí que, entre los hombres que me gustaron, o de los que me enamoré, hay un elemento común: podría decirse, una tendencia.
III
T. se vestía como un asesino serial: aunque nunca hiciera suficiente frío, usaba una parka color caqui con capucha de piel que, como le quedaba demasiado grande, lo hacía ver flacucho y desvalido, además de peligroso. Cuando se quitaba el traje que usaba para trabajar, A. se ponía una de las remeras azul desteñido que atesoraba individualmente, aunque todas fuesen exactas. Mi Ex (El Ex, ya saben) era, directamente, una catástrofe ambulante del estilo: sospeché que estaba enamorada el día en que bajó a abrirme la puerta de su edificio vestido con uno de esos piyamas invernales con pequeños motivos estampados en marrón y puños anchos al tono. El pálpito se confirmó al notar que el pantalón le quedaba corto en la bocamanga, y que mis sentimientos no disminuían.
IV
De todos modos, yo nunca dejé de vestirme como a mí me gusta para adaptarme, ni traté de inculcar a nadie un modo de vestir. No creo en las parejas que andan por la vida vestidas de mellizos. Me provoca repulsión esa gente que suele verse los fines de semana ataviada con la versión femenina/masculina de la misma prenda: idéntica campera matelassé verde seco, la camisita en rosa o en celeste de falso estilo campestre, mocasines de la misma marca. Ni hablar de los que los domingos se calzan el mismo modelo de zapatilla high tech, cuando el único ejercicio que hicieron es caminata hasta la parrilla en busca de más chinchulines.
V
Con el paso del tiempo, una podría pensar que los gustos se refinan. Pero oh sorpresa. Hará un mes, caí víctima de un enamoramiento fulminante con un hombre al que no he vuelto a ver, y que –sin ser un hippie, un punk, o un adolescente en plena rebelión– se apareció en una reunión social de adultos con un pulóver con dos agujeros en la espalda. El ejemplo más reciente pertenece a la semana pasada, cuando asistí a una primera cita en una noche bastante calurosa. Al encontrarme con el muchacho en la esquina pactada, descubrí con horror que éste llevaba puesta una combinación de musculosa, pantalón cargo, sandalias, y riñonera (sí señora: ri-ño-ne-ra). Sentí entonces que por fin había encontrado mi límite. Y sin embargo, aunque el impacto inicial tardó en esfumarse, cuando me despedí de él en la puerta de casa ya se había disipado. Quedan advertidos: a este paso, mi próxima conquista será un fenómeno de circo. Yo, por supuesto, seguiré impecable.

sábado, 1 de diciembre de 2007

Enumeración

I
Una tarde, días atrás, mi amigo L. vino a tomar la merienda a casa. Mientras le reportaba el panorama o debería decir el páramo de mi vida sentimental, con la actualización del estado de todos los prospectos (éste es aburridísimo, aquél tiene novia, este otro habla de dinero todo el tiempo, el de más allá desapareció de la faz de la Tierra) él lanzó, espontánea, esta pregunta:
-¿Pero cómo puede ser, Alice, que te cruces con tantos pelotudos?
- Será que me tengo que cruzar con diez pelotudos para que el número once no lo sea, contesté , sin meditarlo un segundo.
II
Yo misma me sorprendí por no haberle dado la respuesta que podría haber dado en otra época de mi vida: claro L., tenés razón, estoy haciendo todo mal, elijo horriblemente y encima ya no hay hombres, qué voy a hacer; me voy a quedar sola para siempre hablándole al espejo con un gato en brazos como esa pobre chica de la publicidad de Wiskas.
No señor, no dije ninguna de esas cosas.
III
Esta novedad puede tener más de un causa: primera, que las arengas de mi psicoanalista –que insiste con que estoy mucho mejor y más rubia y más alta y mucho menos fóbica que antes- funcionan.
Segunda, que vivo en un estado de autoengaño permanente para no sufrir y que, simplemente, el número once no existe: todos los hombres con los que me cruzaré de aquí en adelante serán, infaliblemente, unos pelotudos.
Tercera: no tengo tercera. Tengo sólo estas dos.
IV
¿Será así como dicen? ¿Habrá que besar muchos sapos para que uno de ellos por fin se convierta en príncipe? Excepto que yo creo que el príncipe azul destiñe, y tengo una relación de fascinación-odio con el cuento de Cenicienta y todas esas bobas princesas que esperan en el balcón ser rescatadas. En cambio, tengo la convicción de que, de existir tal cosa como un número once o varios números onces posibles allí afuera, no me los voy a cruzar encerrada aquí adentro. Cuando digo aquí adentro digo en mi casa, en la comodidad de mis libros y mi música y mis cosas, por ahora no con gato porque odio los gatos con todas mis fuerzas y el día en que sienta mínimos deseos de tener uno será el momento de hacerme internar. Pero, decía, estar dispuesta a salir del confort de uno mismo ya es un paso importante ¿o no? Contéstenme que sí: aunque sea como a los locos…

domingo, 4 de noviembre de 2007

Desengaño (Y el hastío nos llevó al)


I
La noticia se veía venir. Cuando por fin la dijeron en la radio, la Dra. me llamó o yo la llamé a ella, no importa quién llamó a quién, para darnos el pésame. Estábamos alteradas. Presentíamos que con esto se terminaban también otras cosas. De todos modos, como suele pasar cuando las rupturas son inevitables, preferíamos la sinceridad a la incertidumbre.
II
El día en que las entradas fueron puestas a la venta, nos encontramos en la avenida Santa Fe: ella no era aún la Dra. sino una Estudiante de Medicina, y volvía de la facultad con su flamante guardapolvo blanco. Pagamos treinta y cinco pesos cada una en un musimundo que estaba donde ahora hay un negocio de ropa y donde encontramos a una chica de nuestro pueblo que trabajaba como promotora. Guardé mi entrada en un cajón a la espera de un momento que aún parecía lejano. Aunque sonara increíble, sería mi primera vez.
III
Había estado a punto varias veces: una noche de diciembre en que ellos fueron a hacer su show al pueblo pero con mi familia partíamos de viaje la mañana anterior. Otra vez, durante unas vacaciones en Chile: ellos tocaban en Valparaíso y nosotros parábamos en Reñaca, y a pesar de que con mis hermanos insistimos bastante, no conseguimos que uno de los adultos de la comitiva recorriera los 30 km de distancia de ida y vuelta. Tiempo más tarde, dieron un concierto la misma noche de mi fiesta de egresados.
IV
Llegó el 20 de septiembre. La Dra. y yo fuimos con un amigo de mi hermano al que le advertimos que si nos veía histéricas, si nos veía llorar o gritar o lo que fuese, no debería inmutarse. No lo hizo. Llegamos al estadio muy temprano y esperamos durante horas. El amigo de mi hermano se compró un sándwich de milanesa y cuando la mordió descubrió que estaba hecha sólo de pan rallado. Al lado nuestro había un gordo que, convencido de que jugaba River, consideraba necesario arengar a los demás al grito de: “¡Canten, Puta!”.
Ese fue, además, el día en que se terminó mi adolescencia.
V
No logro recordar dónde estaba hace un par de meses, el día en que volvieron a hacer el anuncio. Impávida, escuché y no pude creer lo que sentía. Como si el amante que te rompió el corazón hubiese regresado para decir todas aquellas cosas que esperaste durante años: la certeza de que debería sentir algo, pero no. Sólo un poco de culpa por no poder sentir nada.
VI
Nadie a mi alrededor tuvo mucho que meditar: todos compraron sus entradas con tarjeta, sacaron del fondo del placard la remera que ahora les quedaba un poco chica, o se compraron una nueva y, aunque el cuerpo no acompañara de la misma manera, fueron otra vez a saltar al campo. No les creí del todo el entusiasmo. A ellos tres tampoco. Pero él, fabricante de eslóganes sin esfuerzo, lo había dicho antes, y lo había dicho mejor: quedan los discos.

jueves, 25 de octubre de 2007

Incomprensión


I
No sé exactamente cuándo empecé a usar el humor como herramienta para enfrentar al mundo, pero sé que fue desde muy chica. En ese entonces, no era exactamente la más popular del curso. Era más bien un pequeño monstruo que tenía una respuesta rápida para todo. Como aprendí a leer antes de que enseñaran en la escuela, tenía poco en común con la gente de mi edad. Mis chistes también estaban desfasados: hacía reír a mi padre y a los amigos de mi padre que venían de visita, pero nunca lograba hacer reír al compañerito que me gustaba.
II
Para consolarme, me decía que con el tiempo todo cambiaría. Cuando todos fuésemos grandes, mis chistes al fin serían apreciados por mis contemporáneos. Y así sucedió. A medida que crecía, me iba amoldando de a poco a la vida social de la gente de mi edad. Durante gran parte del secundario integré grupo más grande del curso y mis ocurrencias eran festejadas con cierta frecuencia. Ayudó el hecho de que dejé de pasar los recreos escondida en un rincón del patio detrás de las tapas de algún libro .
III
Pero entonces me di cuenta de que no es lo mismo. Entendían mis chistes, pero no era suficiente. Si bien para una mujer suele ser imprescindible que el varón que le interesa se muestre ocurrente y sepa reírse de sí mismo, una chica graciosa no resulta sexy. Para ser considerada atractiva, hay que estar buena: la comicidad vendría a ser una especie de bonus track.
IV
Sin embargo, como un tic rebelde del que no me puedo desprender, sigo usando el humor como primer recurso para seducir. A veces me doy cuenta de que alguien me gusta sólo porque noto que, al encontrarme con él, comienzo a hacer chistes de manera casi automática. A veces funciona, otras no. Aunque hay algo seguro: desde mis seis años hasta el día de hoy, en escencia he cambiado muy poco. Aún no decidí si esto es bueno o es malo. Pero ésa ya es otra historia...

sábado, 6 de octubre de 2007

Problemas


I
Además de compartir lo que comparten los amigos(pareceres sobre literatura, música, la performance de los argentinos en la NBA) L. y yo, somos, podría decirse, secuaces: Batman y Robin, Hermione y Harry, Gárgamel y Azrael, la Chilindrina y el Chavo. No importa la idea descabellada que se me ocurra, él dirá: “dale para adelante, yo te ayudo”. Si el pibe con quien salí muestra la hilacha en repetidas oportunidades, L. será quien enuncie el tradicional “no te merece”. Y viceversa.

II
L. no tiene hermanas, sino dos barbudos y tatuados hermanos varones. Quizás sea este hecho (cuyas consecuencias ya fueron exploradas aquí) el que lo llevó a coleccionar amigas desde la adolescencia. Condiciones no le faltan: L. sabe escuchar, y muestra una sensibilidad mayor a la del muchacho argentino promedio. Pero a pesar de tantas expediciones a zonas del alma femenina vedadas a la mayoría de los de su especie, cuando aparece una mujer para él, L. se transforma, pierde el mapa y olvida por completo todo lo aprendido.

III
El lunes al mediodía L. me llama por teléfono. Mientras lo saludo calculo que me quedan exactamente cuarenta minutos para secarme el cabello, prepararme algo de almuerzo, comer y vestirme antes de ir a trabajar. El, en cambio, está en su casa con parte de enfermo y tiene todo el tiempo del mundo para contarme las novedades del fin de semana con su chica. Porque hace un par de meses, después de una temporada de soledad y melancolía, L. encontró el amor.

IV
Como sabía que no se sentía bien de salud, le pregunto a L. cómo está y me cuenta que mucho mejor, que ella pasó todo el fin de semana cuidándolo. Que la chica que en un principio se mostraba inconquistable, ahora le dice palabras dignas de una Andrea del Boca mucho más joven, bonita y punkie. Entonces todo maravilloso, digo yo mientras dispongo paralelamente dos milanesas de soja sobre la plancha.
-No tanto, dice él: necesito ayuda. Estoy desesperado.

V
Resulta que el domingo por la tarde, cuando finalizaba del Fin de Semana del Amor, la chica le dice “no sé qué me pasa”.
-Dice que está mal, que es rara, que tiene problemas, que si quiero dejarla ella entiende -me explica L.- que va a sufrir pero va a saber comprender. Y yo no entiendo nada: Alice, explicame qué le pasa –me dice– la llamo, le mando mensajes de texto para ver qué siente, qué es lo que tiene, y ella me vuelve a contestar lo mismo.
-¿Todavía te quiere?
-Sí, hasta dice que me ama.
Mientras sostengo el teléfono entre la oreja y el hombro, e intento un complicado movimiento de muñeca para maniobrar el cepillo de brushing, le digo que no se haga problema, que la cosa no es con él, que el motivo puede ser cualquiera, una hormona mal acomodada, o algo así.
–No preguntes tanto, ya se le va a pasar sola, le digo, y me disculpo por tener que irme tan rápido.
De todos modos llego al trabajo tarde y sin almorzar.

VI
La noche siguiente, mi amigo llama. Se lo escucha entusiasmado:
-Tenías razón -me dice- Hoy apareció de lo más cariñosa, como si no hubiera pasado nada.
-Te lo dije, respondo, agrandadísima por mis habilidades de percepción a distancia.
-Pero no entiendo, Alice ¿Esto siempre es así? ¿Tengo que vivir con esta incertidumbre?
-Esto no es nada. Podemos ser mucho más ciclotímicas.
-No creo poder soportarlo, dice él.
-Es esto o estar solo. Y cuando estás solo te deprimís, te ponés de malhumor. Prefiero aguantarte en este estado, digo.
Se hace un silencio. El dice:
-Entonces tengo un problema, ¿no?
-Sí. Por suerte, estás en problemas.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Conservación


I
La primera vez que decidí usar el freezer con un hombre estaba enamorándome de otro. Me puse de novia con T. pocos días antes de hacer con la Dra. y amigas un viaje que habíamos estado planeando por meses. Esas dos semanas me sirvieron para comprender que, a pesar de mis reservas iniciales, de verdad moría por él. Tal vez haya sido por eso, porque no estaba interesada en conocer a nadie, que la última noche del viaje conocí a A.
II
Estábamos en un boliche al que habíamos decidido ir porque nos avergonzaba habernos acostado tan temprano todas las noches anteriores. Allí estaba A, oriundo de ese pueblo turístico pero, como yo, habitante de Buenos Aires el resto del año. Al poco tiempo de empezar a charlar le conté que tenía novio (creo que él preguntó), pero él no se fue a buscar a otra ni nada parecido, sino que se quedó charlando conmigo toda la noche. Al despedirnos, no sé bien por qué, quizás porque me había caído bien su actitud respetuosa y a la vez relajada, quizás por la cantidad de alcohol que había consumido mientras conversábamos, le di mi dirección de Buenos Aires y le dije que si algún día quería pasar a tomar mates, podía hacerlo.
III
Tres semanas más tarde, mientras yo preparaba un bolsito para ir a dormir lo de mi chico, sonó el timbre. Era A. Muy sorprendida, bajé, lo saludé, y le conté a dónde estaba yendo; él se ofreció a acompañarme unas cuadras. Durante el trayecto, tuve la oportunidad de mirarlo mejor y percatarme de un detalle que -aún no me explico cómo- se me había pasado por alto: A estaba muy (pero muy) fuerte.
IV
Como no me acosaba, ni me perseguía, ni tiraba indirectas, me parecía completamente idiota aclararle que no iba a engañar a mi novio con él, por ejemplo. A pesar de creerme enamorada de T, durante esas cuadras de caminata tomé una decisión que en ese momento me pareció desubicada e irracional. En lugar de descartarlo, en lugar de decirle chau que tengas una buena vida, decidí meter a A. en el freezer. Antes de abordar el taxi hacia lo de mi chico, le anoté mi dirección de e-mail y le sugerí que nos mantuviéramos en contacto por ese medio.
V
Nos enviamos algunos mails bastante inocentes hasta que él escribió “a ver cuándo salimos” y yo opté por suspender mi respuesta por tiempo indeterminado. Unos meses más tarde, el aún maravilloso pero ya inconstante T. decidió hacer un viaje a Europa por varios meses y dar por terminada nuestra relación: todo en el mismo acto. A la media hora de nuestra despedida definitiva, mis leales amigas R., E. y la Dra. se hicieron presente en casa para llorar conmigo por la abrupta pérdida.
VI
Ante ellas tres, pero un par de semanas más tarde, anuncié mi solemne decisión de descongelar a A. Desvergonzadamente, respondí el mail que permanecía en suspenso en mi bandeja de entrada desde hacía un par de meses. A. no tuvo problemas en mantener su invitación a tomar una cerveza, y salimos. Luego salimos otras tres veces. A. seguía siendo muy lindo, y cada vez me gustaba más, pero todo era muy relajado y a la tercera salida aún no había habido beso, por lo que llegué a pensar que quizás estas citas no eran verdaderas citas y él sólo estaba interesado en una amistad. Pero en la cuarta cita hubo beso, y hubo unas cuantas cosas más.
VII
Aunque mi relación con A. (a quien mis amigos, desde luego, apodaron instantáneamente “El Freezer”) no se prolongó por mucho tiempo, cuando miro atrás no me arrepiento de la experiencia que -entre otras cosas, que en este post no vienen al caso– me enseñó una importante lección sobre mí misma: descubrí que, como en el resto de los animales, dentro mío habita un saludable instinto de conservación.

martes, 11 de septiembre de 2007

Circo

I
Cuando mi hermano pequeño era verdaderamente pequeño, y no el muchachote enorme que es hoy, mi mamá lo llevó al Circo de Moscú. A los cinco años, Hermanito presenciaba un espectáculo circense por primera vez, y cuando vio salir a los osos amaestrados, acompañados por unos señores vestidos de gala que los hacían ponerse en dos patas y bailar, él –que ya entonces era un niño de pocas palabras, pero siempre justas– sólo les echó una mirada y dijo convencido: “estos son tipos disfrazados”. Ni mi madre –que, por alguna razón que el resto de nuestra familia no comprende, ama el circo– ni nosotros más tarde, pudimos convencer a esa criatura de que esas otras criaturas que había visto eran osos de verdad.
II

Cada tanto, Hermanito y yo tenemos conversaciones sobre su infancia. Como él es el menor y yo la mayor, los casi diez años que nos separan me convierten en una cronista privilegiada de la época en la que él era una especie de mascota de los otros cuatro. Le cuento las cosas que hacía, las que le hacíamos hacer, cómo mis hermanos usaban su cochecito como fórmula uno y cómo le enseñábamos a hacer playback con los Beatles. En una de esas charlas, le pregunté si se acordaba de los osos del circo. Hermanito me contó entonces que, a sus cinco años, él entendía que era perfectamente posible amaestrar osos para que bailaran en dos patas: simplemente no podía creer que hubiera gente capaz de someterlos a algo tan cruel.
III
Muchas veces, en el terreno amoroso sentimental yo me siento igual que Hermanito. Sé que los hombres idiotas existen, lo que no puedo creer es que me toquen a mí. Sé que hay varones que recitan en vano promesas que nadie espera oir, hombres que responden preguntas que no se les formularon y mienten al responder lo que sí se les preguntó; hombres que huyen ahogados sin que una haya decidido aún si valen la pena una segunda cita. Como hizo Hermanito en su visita al Circo, me resisto a creer en lo que ven mis ojos y caer en la explicación más sencilla: la queja de los hombres son todos idiotas son todos iguales.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Bloggers


(escrito especialmente para ser publicado aquí)

“No hay en la noche de mi desventura
Una estrellita que venga a alumbrar”
(Torre de Arena, copla popular española )
I
El tiene un blog, yo tengo un blog. Un viernes por la noche me encontré leyendo sus cosas y riéndome sola, con más ganas de conversar con él que con la gente que estaba alrededor mío. Dejé un comentario y al tiempo recibí respuesta. Comenzamos a enviarnos mails cortos: líneas de diálogo ingeniosas, observaciones sobre nada. Abandonamos nuestras identidades bloggers y -primero él, yo unos mails mas tarde- comenzamos a escribirnos desde nuestras casillas personales, con nuestros nombres verdaderos, a contarnos qué hacíamos, de dónde éramos, qué música escuchábamos, qué libros y qué comida nos gustaban. Mails cada vez más largos y más frecuentes, que respondían punto por punto al mail anterior del otro. El era gracioso, inteligente, poco pretencioso, ávido por escuchar y leer cosas nuevas. Y escribía muy bien.
II
Yo no creo en las relaciones virtuales. El mundo virtual no me termina de convencer. No me deslumbra la idea de la coincidencia mágica de los gustos, la sensibilidad y el intelecto si no existen los gestos, el olor, la sonrisa, la conexión del cuerpo, la mirada. Por primera vez desde que había cortado con mi ex, unos cinco meses atrás, me interesaba alguien. Nunca encuentro a alguien que me guste: desde el colegio que me pasa lo mismo. Y este no era real. Me molestaba la idea de estar -como ya estaba- pendiente de una persona que podía ser por completo una construcción: invento de alguien con un poco de habilidad literaria.
III
Además, ni en su blog ni en sus mails había referencias a su vida sentimental. Tampoco había habido una insinuación, ningún intento cliché por seducirme. Yo sospechaba que no estaba solo -¿alguien así podía estar solo?- y, cuando me pareció oportuno, pregunté. Habló de una ex novia por la que aún sufría y de una chica con la que "se estaba dando besos". Decepción, bronca y alivio. Ahora ya lo sabía. Los mails continuaban. Llevábamos así casi un mes, y yo creía que no era sano. Una noche, el tercer mail de ese día trajo un archivo mp3 con una canción. Una canción hermosa. Esto tiene que parar, me dije. Ahora.
IV
Ese viernes, antes de que él viajara por el fin de semana largo, le propuse suspender nuestra amistad epistolar para encontrarnos. Le di el fin de semana para que lo pensara, pero él respondió antes. Quedamos en vernos el martes siguiente. No habíamos dicho cómo éramos físicamente, no nos habíamos enviado fotos. Mi miedo mayor no era que él fuese feo, sino algo peor: un clon de Marley, no de Bob sino del conductor de la tele. De todos modos, y a pesar de los nervios, sabía que si yo no le gustaba, o él me parecía espantoso, igual íbamos a caernos bien. Eramos, de alguna forma retorcida y extraña, amigos.
V
Pero él no era Marley. Y yo, al parecer, tampoco. Me pasó a buscar por casa y fuimos a cenar por Palermo. Cuando nos echaron fuimos a otro bar. Unas cuantas copas de vino más tarde, estábamos en mi casa, en mi cama. Cuando se fue, cerca de las seis de la mañana, yo me sentía como si hubiera estado en el medio de una explosión.
VI
Quizás todo debería haber terminado allí. Los mails de él no se interrumpieron, pero se hicieron más cautelosos. Hablamos de un encuentro antes de que yo saliera de vacaciones, pero a último momento él canceló. Me fui por dos semanas y no le escribí. Cuando regresé, él volvió a proponer vernos. Encantador como es, se las arregló para dejarme plantada una vez, convencerme de vernos dos veces más, y volver a dejarme plantada. Después de la tercera, mientras me sentía la Mujer Más Tonta de la Tierra, intercambiamos mails de despedida. Él, que no quería arruinar la relación con su "alguien", y yo que había descubierto que estaba lista para una relación no virtual. Mi último mail fue sincero, algo duro y muy triste: quedarme con la última palabra nunca logra hacerme sentir mejor.
VII
Pasaron las semanas. Hace unos cuantos días, abro la caja de Pandora y vuelvo a su blog. Leo un post suyo sobre un festejo de aniversario con su chica. Me digo que no es justo: si lo virtual es mentira, si esta cosa de los blogs es sólo eso, no es justo que duela así, que duela lo mismo.

viernes, 24 de agosto de 2007

Timidez

I
Como sucede la mayoría de las veces, El Hombre De Mi Vida (EHDMV) está casado con otra. En realidad no está casado, pero sí vive desde hace años con S., amiga de la infancia de E., quien a su vez es una de mis amigas más cercanas. S. es una linda chica, pero tiene una voz irritante, es demasiado alta y se viste muy mal, y se distingue en su grupo de amigos por su carácter difícil y sus pocas pulgas.

II
EHDMV y yo nos vemos dos o tres veces por año en fechas fijas: el cumpleaños de nuestra amiga en común o del marido de nuestra amiga en común. Sin ser el chico más lindo de la cuadra, EHDMV es muy guapo, pero para darse cuenta hay que mirarlo por segunda vez. Tiene un trabajo creativo y apasionante, de esos que todos los niños sueñan hacer de adultos; tiene una media sonrisa ladeada, pícara, casi de atorrante, pero con la irascible S. es un novio abnegado y atento. Tiene, también, un gusto exquisito en música, leyó muchos libros que yo leí, y nos gustan los mismos directores de cine. Cada vez que nos ponemos a conversar, dice cosas inteligentes o bien cosas que se me podrían haber ocurrido a mí, o que me hubiese gustado que se me ocurrieran. A pesar de que nos vemos muy poco, recuerda detalles de mi vida, y pregunta cómo andan mis cosas con un interés que no parece fingido. Yo, groupie nerviosa, respondo con monosílabos, y si su novia está cerca trato de dar por terminada la conversación lo antes posible.

III
La otra tarde iba en un colectivo que no suelo tomar cuando vi que EHDMV caminaba apurado por la vereda. El colectivo se detuvo y él subió. Me vio mientras sacaba boleto, y con ladeada sonrisa pícara avanzó por el pasillo hasta donde yo estaba. Me saludó con un beso, comenzamos a hablar y la chica que estaba junto a mí le cedió su lugar para que se sentara al lado mío. Durante unas treinta cuadras, EHDMV y yo hablamos de los trabajos de cada uno y luego de nuestra amiga en común. En realidad, hablaba él, porque la mayor parte del tiempo yo me la pasé sonriendo como una mona lisa embalsamada. No mencionó a S. y yo tampoco pregunté por ella. Nos despedimos hasta el próximo cumpleaños: al bajar del colectivo, el corazón me latía a toda velocidad.

IV
No me atrevo a fantasear con que S. lo abandone a él o viceversa: mi amiga E. (que sabe de mi devoción y se divierte mucho con ella) dice que si ella y él se separasen y yo lograra conquistarlo, S. vendría a buscarme donde quiera que yo estuviese para arruinarme la vida, o directamente molerme a trompadas. La opción que más me convence es que él quede viudo, pero para eso ella tendría que morirse y, si esto ocurriera, la culpa por haberlo deseado o haber al menos jugado con la idea sería tan grande que -estoy segura- me impediría ser todo lo feliz que estoy destinada a ser con él para siempre.

V
De todos modos, hace tiempo que descubrí la verdadera razón de mi timidez frente a EHDMV: no es miedo a que se note que muero por él. El miedo real es a hacer la pregunta equivocada, obligarlo a que diga una estupidez que rompa el hechizo y entonces él deje de ser el hombre insosteniblemente perfecto que yo creo que es. Aún con su mal carácter y sus poco felices elecciones de colores y estampados, S. debe padecer manías de EHDMV que yo desconozco: tal vez él sea de los que olvidan levantar la tapa del inodoro, se deje los zoquetes puestos a la hora del sexo, arroje la toalla mojada sobre la cama después de bañarse, o tal vez –horror de horrores– EHDMV sea un secreto admirador de los berretas programas televisivos de baile en el caño.

viernes, 17 de agosto de 2007

Sobreinformación

I
Fue mi cumpleaños. Nunca hago cumpleaños, pero este año hice. Estuvo lindo, mi cumple. Cuando los festejos principales terminaron, mis amigas que tienen hijos (y no los habían traído: era un cumpleaños para gente grande) fueron las primeras en despedirse. Después se fueron los que habían venido en pareja, y quedamos unos diez, los que están solteros (entre quienes me incluyo) y dos o tres que están en pareja pero habían venido a mi cumple sin ella. De las chicas, éramos la Dra., V. y yo. El resto, amigos varones con edades que van aproximadamente desde los 25 a los 35 años. El tema principal de conversación, desde luego, las relaciones hombre-mujer.
II
En un momento, uno de ellos preguntó: -¿Cuántos días después de salir con una mina hay que llamar? Tres días, respondió otro con seguridad. Casi al mismo tiempo, otro respondió dos, y uno más, levantando la voz, dijo: al día siguiente. Alguien mencionó los mensajes de texto y entonces todos coincidieron en que lo más práctico era mandar un mensaje al día siguiente y luego llamar el día preferido por cada uno.
III
La conversación continuó. En un momento, V., la Dra y yo nos miramos. En silencio, comprendimos que estábamos ante uno de esos raros momentos, una puerta a la dimensión del mundo masculino, como esas que se abren en las películas de ciencia ficción por unos pocos minutos cada tantos años. Con sólo mirarnos, acordamos pasar lo más desapercibidas posible y escuchamos. La discusión seguía.
IV
Nos enteramos así de cosas tan útiles como:
-En qué minuto de la primera cita el hombre intenta dar un beso (una primera cita sin al menos un beso, supimos, es un completo fracaso).
-Cuánto debería durar el duelo de una relación (la mitad de lo que duró la relación, dijo uno sin dudar, pero no hubo acuerdo general).
-En qué momento conviene llevar a la chica a una reunión con amigos (porque, claro, llevarla equivale a convertirla en “la primera dama”, y a partir de allí, ella tendrá derecho a reclamar tratamiento de novia).
-Que si la chica se queda a dormir (sub-problema: ¿acompañarla o no a la casa si se va en medio de la noche? ¿es suficiente con pedirle un taxi?) ella debe retirarse del hogar del hombre en cuestión como máximo una hora y media después de haberse levantado de la cama.
V
La información circulaba: se transmitía de los mayores a los más chicos, o de los más experimentados a los más tímidos, con la certeza y simplicidad de los dogmas. Como la fija de una carrera en el hipódromo: un caballo del que nadie conoce más que el nombre, pero que concentra las chances de llegar primero. Datos concretos, casi impersonales. Alguno agradeció el consejo dado en otra oportunidad por otro de los presentes: “ahora yo hago así como dijo fulano, y me da resultado”. Entre tanto número, uno dijo, creo que en chiste: “esperen que abro una planilla de Excel y anotamos todo”.
VI
Ahí se me ocurrió. Entre la necesidad masculina de cuantificar y la femenina de decodificar, es donde se produce el colapso. Nosotras pasamos horas en reuniones grupales intentando descifrar el significado de ese gesto, comprender por qué si repitió y repitió que le gustábamos no llamó al día siguiente sino al cuarto día, o bien no llamó nunca; qué habrá querido decir con eso de “tengo un partido de fútbol el domingo a las 13:30”. Analizamos con paciencia de semiólogos cada frase, el contexto, el tono de voz, la ropa que usábamos, lo que tenía puesto él, el vino que habíamos bebido un rato antes. Horas de teléfono con nuestras amigas íntimas, litros de infusiones consumidas en reuniones destinadas a descubrir por qué y resulta que detrás no hay más que una simple planilla, un conjunto de datos que se aceptan y no se cuestionan.
VII
En un momento, se produjo un silencio. Alguien propuso ir a una fiesta. Otros decidieron irse a dormir. Yo me quedé pensando cuántas conversaciones como estas escuché en toda mi vida. De qué sirve tanta información de primera mano si, a la luz de cada nueva experiencia que se me presenta con un ejemplar del sexo opuesto, entiendo cada vez menos que antes. Quizás lo más inteligente sea evitar el exceso de información: resistir la tentación de espiar esos momentos de sinceridad masculina, y simplemente, no invertir energía en escuchar.

lunes, 6 de agosto de 2007

Reglas


I
La cuestión de la amistad entre el hombre y la mujer ha demostrado ser irresoluble. El mundo podría dividirse entre quienes creen y los que no. Y cuando algún desprevenido saca el tema, como para rellenar, por ejemplo, el súbito silencio que se produce en una ronda de mates, los dos bandos suelen trenzarse en interminables discusiones que culminan sin que nadie haya podido convencer a nadie.
II
He descubierto que hay gente que no tiene una opinión formada acerca de cuántos miembros debe tener la Corte Suprema, si es mejor jugar con línea de tres o de cuatro, o a quién debe responder la Federal. Pero, sobre este asunto, quien más quien menos tiene un punto de vista propio. Y quien más, por lo general hasta ha pensado un conjunto de reglas dentro de las cuales funciona su teoría.
III
Desde luego, yo estoy del lado de los creyentes. Digo más: el mejor amigo varón es una figura de la cual no puedo prescindir. Pero claro, para que un varón se convierta en mi amigo cercano, incluso en mi mejor amigo, la regla básica es que yo no me sienta atraída por él. Puedo querer muchísimo a mi amigo, considerarlo una de las mejores personas del mundo, y hasta decir “es lindo chico”, o “cualquier mujer tendría suerte de estar con él”, pero debo sentirme segura de que las posibilidades de confundirme sean muy pocas, o nulas. Esto reduce al mínimo las chances de que haya sexo. Si bien no las elimina -porque algo siempre puede fallar- hasta el momento esta regla me ha resultado cien por ciento efectiva. Garantizó, por ejemplo, que en épocas de tumultuosa fiesta post adolescente me haya podido despertar en la misma cama con alguien con la plena seguridad de que bajo de las sábanas tenía toda mi ropa puesta.
IV
A mi favor, debo decir que ante las novias de mis amigos soy una mejor amiga ejemplar. Simpática sin ser confianzuda, interesante pero no amenazadora, jamás saco a relucir chistes internos o antiguos apodos en su presencia, ni abuso de las anécdotas entre mi amigo y yo de épocas en las que ella no existía. Por supuesto, cuando me toca ser a mí la novia, con las amigas mujeres de mi chico soy mucho menos comprensiva. En un tiempo lejano, yo misma fui una enamorada secreta agazapada bajo el disfraz de la mejor amiga, y esto hace que desconfíe de todas -hasta de la que parece tan inocente- al menos hasta comprobar lo contrario.
V
Sin embargo, tener novio y mejor amigo al mismo tiempo no es tarea fácil. Hay un balance delicado que mantener, y además -inútil empeñarse en convencerlo de otra cosa– existe un momento inexorable en el que el novio afirmará de nuestro amigo: “este te quiere coger”. Pero, por lo general, ésta termina siendo una cuestión más relacionada con el espíritu de competencia masculino que con hechos empíricamente verificables, y con el tiempo he descubierto que, ante esta situación (como ante tantas otras), la mejor actitud a adoptar es la de una plácida indolencia.

Inspirado en Betty C. y sus comentaristas

miércoles, 1 de agosto de 2007

Frivolidad


I
Mi madre y yo somos muy distintas. Mi madre no mira televisión, no lee revistas de chismes, elige la ropa exclusivamente por su calidad, grado de practicidad y duración, y nunca, jamás, sabrá quién es Paris Hilton. Con una inteligencia práctica notable, es la mujer menos frívola que conocí en mi vida. Su madre, en cambio, podría integrar la lista de las mujeres más superficiales. Mi abuela vive una existencia vicaria a través del televisor y la revista Caras, y es dueña de una enorme colección de zapatos y carteras que apenas usa y nunca me dejó tocar. Yo, quiero creer, estoy a mitad de camino entre las dos: un saludable punto medio.

II
Una consecuencia de la falta de frivolidad de mi madre es que no tiene amigas íntimas. Las mujeres construimos nuestra relación con otras mujeres en base a detalles que mi madre no maneja, o desconoce por completo. Esa es, creo, una de las razones por las que, a lo largo de su vida, no ha conservado amistades del tipo simbiótico enfermizo como las que, por ejemplo, sí acredita su propia hermana. Con las amigas que tiene, mi madre se ve obligada a hablar de cosas serias, es decir, de dramas: muertes, enfermedades, separaciones, traumas. Y nunca desde el costado malvado y divertido que usamos el resto de nosotras para relativizar y reírnos un poco con la desgracia ajena.

III
Quizás por eso, siempre contempló con extrañeza el hecho de que, a pesar de haberla visto dos horas atrás, yo sea perfectamente capaz pasar otras dos horas hablando con la Dra. por teléfono. O que pueda sentir la obligación moral de acompañar a A. a elegir una alfombra para su casa sólo porque ella me lo pidió, o que atienda con total naturalidad un llamado de la Tía a las cinco de la mañana. Si embargo, con el correr de los años mi madre fue entendiendo a través mío la importancia que tienen las amigas en momentos complicados. Vio, por ejemplo, cómo E. me acompañó a un examen que me aterraba dar sola, o cómo, al día siguiente de que corté con Ex, la Dra. sacó dos pasajes para irnos juntas a Mar del Plata.

IV
Por suerte, ya desde hace un tiempo, el estilo de mi madre se ha suavizado bastante: ahora me convoca como asesora de vestuario cada vez que tiene un evento social, e incluso podemos conversar de cosas intrascendentes sin que se ponga nerviosa. Y, lo más importante, comprende y se angustia a la par mío cuando, por ejemplo, le cuento que la Dra. está triste y no puedo hacer mucho para consolarla. Creo que, a esta altura, a mi madre no le puedo pedir mucho más: como le gusta repetir a mi psicóloga, los estilos no se cambian.

martes, 24 de julio de 2007

Poderes


I
El Tío y yo no somos parientes. De hecho, él todavía no tiene sobrinos propios. De hecho, ni siquiera el apodo le pertenece del todo: el Tío es el marido de la Tía, y a ella le decimos así desde antes de que se conocieran. Como ya conté alguna vez, el Tío encabeza la lista de los maridos/novios favoritos de todas mis amigas. Aunque a veces lo parezca, está lejos de ser un santo. Pero hay algo más: el Tío tiene poderes.
II
A lo largo del tiempo, ha demostrado tener una capacidad casi sobrenatural para analizar parejas. Con sólo verlas y conversar un rato, el Tío detecta en qué etapa de la relación están, cuánto tiempo permanecerán juntos y cuál será la causa de la separación. ¿Suena aterrador? Lo es.
III
Todo se ve agravado por su incapacidad de edulcorar o disfrazar lo que piensa. Con amigos, compañeros de trabajo, amigas íntimas de su mujer, o incluso con desconocidos, el Tío funciona más o menos de la misma manera. Si le preguntan, él, con su eterna sonrisa de chico bueno, responde. Y la respuesta no siempre es la que una querría escuchar.
IV
Por ejemplo: tiempo atrás, después de unos meses de relación, la Doctora consideró que ya era tiempo de que los Tíos conocieran a su chico, un muchacho de origen norteamericano que vivía desde hacía más de un año en Buenos Aires, y según decía, había venido para quedarse. El encuentro fue un éxito: al día siguiente, la Tía llamó para avisar que el Tío ya había dado su bendición.
V
Pero la Dra. no pudo resistirse y, esa misma semana, vía chat, le preguntó directamente al Tío qué pensaba del candidato: desde la oficina del centro porteño donde ejerce tareas que nada tienen que ver con la adivinación, el Tío escribió la siguiente frase “vas a tener que hacer que se enamore de Argentina tanto como lo está de vos”. En cuanto supo lo que le había dicho a su amiga, la Tía se indignó con su marido y su honestidad brutal. La Dra., en cambio, en ese momento sólo se alegró, porque los sentimientos de su chico eran tan evidentes a los ojos de los demás como lo eran para ella.
VI
No hace falta que diga cómo terminó la historia: tres meses más tarde, sin una sola palabra o actitud que lo presagiara, el yanqui –de pronto frío y desconocido– le anunció a la Dra. que a fin de año se volvía definitivamente a su país, y sus planes futuros no la incluían.
VII
El sábado pasado, en el cumpleaños de la Tía, algún amigo del Tío me preguntó, medio en broma medio en serio, cuándo iba a aparecer con un muchacho. Mi respuesta fue: nunca. Tengo más miedo de llevar a una potencial pareja a esa casa, que de llevarlo a comer con mi familia, que incluye a un padre y cuatro hermanos de un porte considerable. O, quizás, debería hacer todo lo contrario: dejar que el Tío haga su diagnóstico de entrada, y al menos saber que si se acerca el final no me tomará desprevenida.

martes, 17 de julio de 2007

Paz


I
Desde que estoy sola, mis amigas que no lo están llaman a casa cuando tienen una emergencia emocional. Como aquí no hay niños, ni padres, ni marido, ni tampoco muchas cenas románticas que interrumpir, saben que el teléfono puede sonar a cualquier hora y yo atiendo: tranquila, como si las estuviera esperando, desde el sillón de mi casa escucho el relato de los hechos. Con la tristeza enorme que da saberlas sufrir, pero con la inevitable serenidad que da saber que la angustia es de la otra.
II
Si lo que escucho me sorprende, soy lo suficientemente honesta como para no disimular mi desconcierto. Y aunque las dos sepamos que yo no tengo la solución y lejos estoy de intentar tenerla, en esos momentos de algún modo siempre encuentro algo para decir. Claro que, desde una cierta distancia, el mapa se ve mucho mejor.
III
Con la voz más tranquilizadora que tengo, hablo. Y mientras desde el sillón del living me miro hablar por teléfono en el espejo que tengo enfrente, pienso en lo tranquila que estoy, en la angustia que me ahorro, y no siento nada de nostalgia por haber estado una vez en esa situación. Entonces toma forma y me asalta, traicionero, este pensamiento: estoy mejor así. Me consigo un (buen) amante que me visite regularmente, y mi vida es casi perfecta.
IV
Y mientras el llanto del otro lado se calma de a poco, sólo por el efecto que provoca hablar y tener quien escuche, me digo que me engaño. O, mejor dicho, me digo a quién intentás engañar. Si en el fondo, aunque no sepas si funciona, aunque casi todos tus ejemplos para creer que sí funciona pertenezcan a generaciones anteriores (entre los contemporáneos hay tan pocos), querés la angustia, ser la que demanda, la que se ofende, la de la telenovela.
V
Vuelvo a entender que, aunque ahora no lo sienta, va a haber un momento en el que voy a empeñar toda esta tranquilidad y a pedir con lágrimas que la paz se vaya, para otra vez ser yo la que llama a mi amiga a la una de la madrugada.

miércoles, 11 de julio de 2007

Vueltero



I
Este blog se llama como se llama por una razón: es una frase que utilizo a diario, y mis amigos y conocidos sonríen al escuchármela decir, porque saben, o intuyen, qué es lo que se viene después. Soy directa, a veces demasiado, pero me gustan las cosas claras. Soy simple, no fácil. O mejor dicho: soy complicada, muy complicada, o al menos eso es lo que vengo escuchando desde muy chica, pero trabajo mucho para mantener la simplicidad. Y en las relaciones, de cualquier tipo, en este momento al menos, eso es lo que pretendo. No sé especular, no especulo y ahora me doy cuenta de que eso quizás sea un problema. Soy incapaz de llevar adelante con una mínima convicción todos esos rituales de acercamiento y alejamiento, todo ese juego de abanicos de geisha, te miro pero no, te doy pero tampoco, vení pero mejor… lindo, mejor andate.

II
Por eso, querido Vueltero, precioso y encantador Vueltero, si decido invitar a un muchacho a mi casa (o, para ser más exactos, hacerme eco de la autoinvitación de ese muchacho), no espero que esa persona cuente los días como un preso hasta que el encuentro se produzca, o sí, pero espero que –al menos– se lo agende con cierta animación.
Si, cuando por el motivo que sea, el encuentro debe suspenderse, pretendo que ese mismo muchacho intente compensar el haberme dejado plantada con otra cita que se produzca a la brevedad. No con una para la que tengo que esperar aproximadamente la misma cantidad de días que para el turno de mi ocupadísimo dentista.
Mientras me quito, por segunda vez en menos de una semana, la tierra de los zapatos y de las medias y de la botamanga de los pantalones, y me siento completamente tonta (una muchachita simple y tonta), anuncio que este blog continúa con su programación habitual.
Sepan disculpar las molestias ocasionadas.

domingo, 8 de julio de 2007

Educación

I

Hace unas semanas me fui de vacaciones a Bolivia y Perú con tres chicas más. Durante quince días el grupo se compuso de cuatro mujeres y un varón, al que llamaremos A, que era nuestro guía y pasaba con nosotras casi las 24 horas. Desde luego, llegó un momento en el que hablábamos delante de él como si no hubiese un hombre presente. El día cinco o seis, durante la etapa boliviana, se incorporó al grupo Osvaldo, un guía local que convivió dos días con nosotros. A Osvaldo, claramente, la compañía de cuatro mujeres presa de la euforia de los primeros días de vacaciones lo exasperaba un poco. Yo, por mi parte, no lograba entender cómo hacía A. para no inmutarse ante nuestras conversaciones, preguntas y reclamos. Ya lo sé, es su profesión y está acostumbrado, pero también Osvaldo, para el caso. Durante una cena en nuestra última noche en Copacabana, comprendí: cuando salió el tema de nuestras familias, A. reveló que tenía cuatro hermanas mujeres.
II
Este ejemplo sirvió para reforzar algo que sostengo desde hace tiempo: todos los hombres deberían tener hermanas. Y a aquellos que no tienen, deberían proporcionárseles hermanas sustitutas. Estoy convencida, además, de que los hombres con hermanas son mejores parejas. El universo femenino es infinitamente más complejo que el de los hombres: está hecho de la suma de pequeños detalles en apariencia insignificantes, y que sólo pueden apreciarse durante una convivencia prolongada y entre pares. Por infinitos motivos, con las madres no alcanza, y unas vacaciones en carpa con la novia a los veintiún años tampoco son suficientes para que ellos comprendan de qué estamos hechas.
III
El hermano es el primer hombre testigo de los momentos más humillantes de la vida de una: el varón que tiene hermana, la ve llorar junto al teléfono porque el chico que le gusta no la llamó. Es observador de la fluctuante dinámica de la relación madre-hija, sabe que cada tantas semanas hay que calentar la cera para depilarse el bozo, que una vez al mes los cambios de humor pueden convertirnos en bestias imprevisibles. Nos ve matarnos de hambre durante dos semanas y despacharnos seis alfajores de maicena en dos minutos. Sabe que antes de salir acaparamos el baño y nos probamos cincuenta vestidos, y tiene horas de conversaciones escuchadas -por teléfono o en vivo- con nuestras amigas.
IV
Por eso, y aunque a veces no fueran de lo más simpáticas, siempre respeté mucho a las hermanas de mis ex, y jamás intenté tirarles mala onda. Consideraba que, de alguna manera, ellas eran quienes me habían allanado el camino. Por mi parte, en casa, como única mujer de cinco, mis hermanos alguna vez me vieron resistir estoica ante el guiso de lentejas porque estaba a dieta, me miraron desconcertados cuando me emocioné con un programa de tele; en alguna ocasión, uno debió salir corriendo a la farmacia a comprarme Ibuevanol. Creo que todo esto fue ni más ni menos que darles una educación. Espero que todas mis cuñadas -actuales, potenciales y futuras- sepan apreciar el esfuerzo realizado. Pero ni falta hace que me lo agradezcan.

lunes, 2 de julio de 2007

Civilización

I
Creo que podría definirme como una persona sanguínea, apasionada, visceral, o cualquiera de esos adjetivos que usa la gente para decir que una tiene su carácter. Debe ser la parte de sangre siciliana que me tocó en herencia, o la otra parte andaluza, o la combinación de ambas, o vaya uno a saber qué. Quizás por eso, al terminar una historia en la que hubo amor o, al menos, algo de pasión, creo en los portazos, las lágrimas, las declaraciones grandilocuentes, los insultos, las amenazas. Siempre tuve la convicción de que una relación terminada debía generar entre las personas involucradas un abismo, para que en el medio quedaran el dolor, el resentimiento, las cosas equivocadas que se dijeron, todos proyectos que quedaron truncos.
II
Por lo tanto, toda la vida contemplé a esa gente que conserva a sus ex como amigos como engendros de la naturaleza. Me resultaba incomprensible que hubiese gente que no sólo no elimina a sus ex de su lista de contactos del msn, sino que se interesa por su vida sin ellos, los invita a sus cumpleaños y hasta se molesta en conocer y simpatizar con la nueva pareja del otro. Para mí, intentar cultivar una amistad en el terreno donde nació, creció y se marchitó una relación, era equivalente a deshonrar la memoria de ese amor trágicamente concluido.
III
Sin embargo, en este último tiempo ha sucedido algo que no esperaba. Al menos por mail, el Ex y yo nos hemos vuelto espantosamente civilizados. Más que civilizados, amables. Más que amables, sinceramente preocupados por el otro. En lugar de insultos, ironías hirientes o restos de angustia mal digerida, entre su casilla de correo y la mía van y vienen mails que casi parecen tarjetas navideñas, de tantos buenos deseos de plenitud, felicidad y abrazos para los respectivos miembros de nuestras familias.
IV
Es cierto que él vive allá y yo vivo acá, y desde la ruptura todavía no nos hemos visto cara a cara. Y la verdad es que no espero con ansias el momento de reunirnos, pero tampoco me horroriza la idea de volverlo a ver. Sé que no estoy más enamorada de él, y hace tiempo que dejé de sentir nostalgia por los pequeños detalles encantadores nuestra relación, por lo que no tengo la menor intención de volver ni creo que él tampoco sienta algo parecido. Ni siquiera me despierta curiosidad un reencuentro sexual. Créase o no, tengo la sensación de que sólo somos dos personas que se quieren bien.
V
Este nuevo escenario me provoca, inevitablemente, gran cantidad de contradicciones internas: por un lado, pienso que si alguien que estuvo conmigo tanto tiempo y me conoció tanto sigue pensando bien de mí, eso no puede ser malo. Por otro, el grado de diplomacia que manejamos casi llega a horrorizarme. Me pregunto: ¿me convertiré en una de esas personas insufribles? ¿o será esta la bendita madurez de la que habla la gente?

martes, 26 de junio de 2007

Discriminación


I
Digámoslo de una vez: el muchacho de la librería es guapo, y todo indica que gusta un poco de mí. Cada vez que entro, aunque todos los demás empleados estén libres, y él esté detrás de la caja, el chico de la librería se adelanta a atenderme. A veces me detengo en la vidriera y él sale a la calle a conversar conmigo. O, si está lejos y atendiendo a alguien, me saluda desde adentro con gestos exagerados.
II
Yo vivo muy cerca y cada vez que paso miro la vidriera, porque si hay algo en esta vida que amo son las carteras y los libros, y los libros siguen siendo mucho más baratos que las carteras. Al menos, que las carteras que me gustan mí.
III
Como no quiero que crean que soy una merodeadora, cuando entro, cada tanto, siempre es con intenciones de comprar algo. Y ellos sólo venden libros. Hace unos días entré a buscar uno de una autora que tenía ganas de leer desde hace tiempo: las obras completas de Dorothy Parker en una edición de bolsillo. No me di cuenta de que llevaba en la mano el otro libro que estaba leyendo, uno de Coetzee, autor que me había recomendado mi amigo el librero, que en cuanto se acercó me lo hizo notar.
IV
Enseguida comenzamos a hablar del autor, de las situaciones reales que narra, y entonces él quiso mostrarme un libro de ensayos sobre Africa que cita como fuente a esta misma novela. Cuando me acercó el libro, escrito por un antropólogo español, vi con sorpresa que el prólogo estaba firmado por Samuel Eto’o.
Lógicamente sorprendida, le pregunté:
-¿Samuel Eto’o, el del Barcelona?
-Y, debe ser de Barcelona –dijo él con naturalidad– el autor es de ahí.
El pibe no tenía idea de quién es Eto’o: le expliqué que es un jugador camerunés de fútbol, que juega en el equipo de esa ciudad, uno de los clubes más poderosos del mundo.
-Ah, no, yo de fútbol nada, dijo él sin un mínimo de pudor.
Por detrás mío, entre las estanterías, sentí correr una pequeña ráfaga de decepción. Pagué mi libro con un generoso descuento, me despedí amistosamente del muchacho y me fui.
V
Al llegar a casa me pregunté:
–¿Puedo discriminar a un hombre alto, guapo, aparentemente interesado, culto, sólo porque no sabe de fútbol?
–Aparentemente sí, puedo.
Ya ven, en esto me he convertido en seis meses de soltería.

domingo, 3 de junio de 2007

Wedding planet


I
Anoche tuve una pesadilla. Soñé que me casaba con Ex. Soñé que Ex, seis meses después de nuestra separación, volvía del pueblo donde ahora vive para casarse conmigo. Volvía como si nada: aparecía, me tomaba de la mano y me decía, bueno, mañana nos casamos. Como si tuviera que hacer un trámite cualquiera, renovar el registro de conductor o algo así. Las cosas no habían cambiado entre nosotros, y ninguno de los dos parecía entusiasmado. Por suerte, no era un casamiento con toda la pompa, pero de todos modos era casarse. En el sueño yo no quería decírselo a nadie, ni siquiera a mis viejos, y tampoco sabía cómo decirle a él que no.

II
Yo sé que desde niñas muchas mujeres sueñan con el día de su casamiento. Incluso he visto en vivo transformarse la cara de la que un segundo atrás repetía “quiero algo muuuy sencillito”, al verse por primera vez frente al espejo enfundada en corset y miriñaque. Yo también sueño, pero otra cosa. Una vez soñé que me casaban a la fuerza con un hombre mayor al que no conocía, alguien parecido a Cacho Castaña. Veía todo como en una toma subjetiva, mientras yo iba caminando por el pasillo de una iglesia con un vestido espantoso, del que sólo podía ver la falda enorme y unas desproporcionadas mangas globo de raso color blanco hielo. Otra vez soñé que me casaban con el marido de E., mi ex concubina, que en esa época preparaba su casamiento. Yo caminaba por el pasillo con los ojos llorosos, desesperada porque me estaba casando con el hombre que ama mi amiga del alma. El tampoco quería casarse conmigo. Y al llegar al altar la veía a ella, también llorando, tanto o más horrorizada que yo.

III
Meses atrás, a pocos días de haber cortado con Ex, me invitaron al casamiento de un compañero de trabajo. Un muchachito joven, que todavía ni siquiera terminó la facultad, al que sospecho casaron virgen. A mí la situación me deprimía tremendamente, por razones que no sólo podrían encontrarse en mi separación, en el hecho de que ninguno de mis amigos iba a la fiesta, o la angustia ante la juventud e inexperiencia de los novios. Mientras mis quejas aumentaban con la cercanía de la fecha, la Dra., siempre cautelosa a la hora opinar sobre vidas ajenas, incluso sobre la mía, fue terminante:
- No vayas. Los casamientos siempre te ponen mal.
-De qué hablás, le dije yo.
-¿No te acordás?

IV
Entonces la Dra. dio ejemplos. Por lo menos cinco ejemplos que abarcan los últimos siete u ocho años. Casamientos de gente muy querida en los que nunca logré divertirme del todo. Irracionales maratones durante los días previos, obsesionada por conseguir el chal indicado para el vestido, los zapatos y los aros perfectos. Bodas para las que contaba los días como si se acercara la fecha de mi propia ejecución. Escándalo mayúsculo cuando Ex (por razones bastante comprensibles) amagó con no acompañarme a la primera boda importante en mi familia.
Le digo a la Dra.:
-¿Y siempre me puse así?
-Sí.
-¿Y vos siempre lo tuviste claro?
-Y… sí.
-¿Y nunca se te ocurrió avisarme?

V
Resulta que los casamientos me descompensan. Tenga con quién ir o no. Tenga qué ponerme o no. Peor si no tengo acompañante. Y mucho, mucho peor, si no tengo qué ponerme o lo que tengo no me convence. En la siguiente sesión, le cuento todo esto a mi psicóloga. Me dice que ella también lo sabía. Que es la institución. Resulta que es la institución lo que me molesta. Es cierto que también me molestan la parafernalia, el vestido, el carnaval carioca, el exceso de comida, la ceremonia por Iglesia de gente que en su vida pisó una iglesia, el enorme gasto de dinero y la gente que va para criticar los centros de mesa y el pollo a la crema. Pero el verdadero tema es otro: como se supone que yo rechazo todo lo que tenga que ver con las instituciones, y la matrimonial es una de las más tradicionales, el casamiento me provoca esta reacción. Y, al parecer, todo el mundo siempre lo supo: hasta mi propio inconsciente. Será verdad que una es siempre la última en enterarse...

lunes, 21 de mayo de 2007

Elecciones




I
Ayer llegó a Buenos Aires mi tío, el marido de la única hermana de mi madre, y organizamos una cena familiar para recibirlo. En la mesa, mi tío comenzó a contarnos los últimos chistes que le hacen con mi tía al nuevo novio de mi prima la menor. Chistes tontos, que si yo intentara reproducir aquí perderían por completo su efecto y sonarían a cargadas entre estudiantes de primaria. Pero el punto es que mi tío y su mujer son gente muy graciosa, con un sentido del humor activo, que alimenta y forma parte de su vida cotidiana.
II
Mi tíos están juntos hace unos cuantos (¿30?) años, tienen miles de diferencias que no intentan ocultar, y han pasado como todo el mundo por situaciones lindas pero también muy traumáticas, pero forman una de las parejas más sólidas e interesantes que conozco, y creo que en la base de su éxito ocupa un lugar fudamental el sentido del humor. Cuando hay público, funcionan casi como un dúo haciendo stand up comedy: hay contrapunto, hay un timing, hay una sincera sorpresa cuando al otro se le ocurre algo que hace reír.
III
Quizás porque les tocaron padres que tienden a la melancolía, mi tía y mi madre son mujeres cuyo sentido del humor les permite reírse de todo, pero ante todo de sí mismas. Aunque no hay muchas otras cosas en las que me parezca a mi madre, me doy cuenta de que sí repito ese rasgo. La primera vez que llevé al Ex a la casa de mis viejos, aunque no me lo dijo en estos términos, sé que la única persona de mi familia que entendió qué hacía yo con él fue ella . Ex no es una persona particularmente sociable (más bien todo lo contrario) ni particularmente brillante, ni es guapo de una manera obvia (aunque para mí sí lo sea). Pero es, o era, seguro, alguien con una gran capacidad para arrancarme una carcajada con poco esfuerzo. Y esto, a la hora de detectar o acercarme a alguien del sexo opuesto, para mí es fundamental. Habrá mujeres que busquen seguridad emocional, económica o policíaca, otras estarán interesadas en el talento artístico del hombre en cuestión; alguna querrá que le provean certezas intelectuales. Yo, en cambio, no puedo ni pensar en arriesgarme a meterme en la cama con un tipo que no va a saber tomarse con humor las situaciones ridículas e inesperadas que se presentarán inevitablemente.

Ya saben, entre Steve Carrell y Brad Pitt no tengo dudas de a quién elegir.

sábado, 19 de mayo de 2007

Inmortal


I
Me enamoré de P. la primera vez que lo vi. El aún no había traspasado el marco de la puerta del aula, todavía no se había sentado ni disculpado con la profesora por haber llegado tarde, y yo ya estaba completamente perdida. En las siguientes clases, mis estrategias para acercarme funcionaron. Supe casi enseguida que tenía una novia en La Plata: se habían conocido un par de años atrás en unas vacaciones y él viajaba a verla los fines de semana. En lugar de alejarme, de buscar otros compañeros para hacer el trabajo en grupo y continuar con mi vida como cualquier persona normal, en ese momento no tuve mejor idea que quedarme allí. Y convertirme en su mejor amiga.
II
Por esa época yo todavía creía que Mario Benedetti era un buen escritor y eso de “mi estrategia es entonces más directa y más simple/que un día cualquiera/no sé cómo ni con qué pretexto/por fin me necesites” sonaba convincente, adecuado y hasta emocionante. Durante el año siguiente, pues, con los consejos del señor Benedetti, me dediqué a hacerme imprescindible. Hasta me hice amiga de su mejor amigo, un sujeto desagradable que estaba de novio con una maestra jardinera alta y bonita, pero atendía a varias amantes entre clase y clase en algún hotel alojamiento vecino a la facultad. Mientras tanto, P. y yo pasábamos el tiempo en algún bar cercano, o en su casa, o en el cine, o en cualquier parte donde él decidiera que teníamos que ir, porque yo, a esa altura, había perdido por completo la capacidad de discernimiento.
III
La novia de P. se llamaba Cecilia, pero todo el mundo la conocía como Juana. Su propia familia había empezado a llamarla así de chiquita, en honor a la reina de Aragón y Castilla conocida por su carácter irascible y sus bruscos cambios de temperamento. Para mí, sin embargo, Juana no era una enana demandante y eléctrica, sino todo aquello que yo no era: bailarina, delgada, grácil, novia de P. Cuando comenzaron las vacaciones de verano, aconsejada o casi obligada por mis amigas, que ya odiaban a P. a pesar de su aparente bondad, comencé unos débiles intentos por alejarme. Pero, como pasa con cualquier adicción, bastaba con un llamado suyo para que yo cayera otra vez.
IV
Cuando llegó la época de inscripciones, P. me llamó para anotarse en materias conmigo. Yo había jurado año nuevo vida nueva, así que contesté con evasivas hasta que él insistió tanto que tuve que decirle el horario y la comisión de una de las materias. A los pocos días, P. volvió a llamarme. Su voz esta vez sonaba rara: corté con Juana, me dijo, necesito verte. Mientras las piernas me temblaban, yo salí corriendo para encontrarme con un P. angustiado y lloroso que, lo había dicho por teléfono, necesitaba hablar con alguien. Aunque yo escuché que me necesitaba a mí.
V
Estaba claro que su relación estaba terminada, por lo que casi enseguida P. comenzó a sentirse mucho mejor. No estaba tan claro, en cambio, cuál sería mi lugar de ahora en más. Una cosa era escuchar sobre la enana déspota y otra muy distinta, por ejemplo, oír de la estúpida rubia teñida de la facultad con la que había terminado a los besos en la última fiesta. La semana en que empezaban las clases, P. me llamó para decirme que ese jueves no hiciera planes para después de cursar, quería llevarme a un bar irlandés que había conocido hacía poco. El jueves salimos, dijo. Yo escuché: el jueves salimos los dos solos.
VI
Fui a la facultad producida como para una fiesta. Mi remerita turquesa, mis zuecos altísimos de plataforma, mi jean preferido. Me maquillé lo más sutilmente que pude. La clase era un teórico multitudinario y aburridísimo, y en un momento P. me hizo una seña y me dijo: nos vamos ya. Nos levantamos delante de todo el mundo, dejamos a todos esos estudiantes apretujados y partimos a ese bar tan maravilloso que yo tenía que conocer.
VII
P. me trajo una cerveza artesanal para que probara y nos acomodamos en un rincón. La banda en vivo tocaba covers de U2. Me dijo que se había dado cuenta de que yo no quería anotarme con él en las materias. Yo no me atreví a decirle que sí, así que respondí que nada que ver. Seguimos tomando cerveza como si nada, mientras yo pensaba que había dejado pasar el momento adecuado. Pero enseguida supe que de todos modos ya era demasiado tarde, y que nunca habría lugar y momento adecuado para lo que yo tenía que decir, así que junté valor y hablé. Le dije que era cierto que no había querido anotarme con él, y después le dije todo lo demás.
VIII
El me abrazó un rato largo, dijo muchas veces “soy un boludo”. Me acuerdo de que en un momento yo empecé a llorar y creo que él también lloró un poco. También me acuerdo de que después nos fuimos del bar y empezamos a caminar y mientras íbamos por la Nueve de Julio se rompió la tira de mi sandalia negra de plataforma, pero que en lugar de tomar un taxi seguimos caminando -yo rengueaba y él me llevaba del brazo- las treinta o cuarenta cuadras que separan el microcentro de mi casa. Al llegar a la puerta, él evitó mirarme a los ojos cuando me dijo: “Sabés que si no pasó hasta ahora, es porque nunca va a pasar”.
IX
Demasiado alterada como para procesar la última frase, entré y llamé a mis amigas, que estarían esperando novedades. Sentía que acababa de hacer algo tremendo. A pesar de que en el fondo había sabido siempre cuál era la respuesta, me había lanzado sola al abismo, me había tirado al vacío sin paracaídas, me había golpeado voluntariamente la cabeza contra las piedras y había sobrevivido. Me sentía fuerte, poderosa. Soy inmortal, chicas, les dije cuando me atendieron el teléfono medio dormidas a las cuatro de la mañana. Sentía que, de allí en más, en materia de amor nada peor me podría pasarme. De alguna manera -aunque no exactamente de la manera en que yo creía en ese momento- tenía razón.

martes, 1 de mayo de 2007

Feliz coincidencia


I
Muchos años atrás, cuando este siglo recién empezaba, fui de vacaciones a Florianópolis con dos de mis mejores amigas: la Dra. y R. Habíamos decidido quedarnos la última semana en un pueblito muy pintoresco en el que, una vez allí, descubrimos que no pasaba absolutamente nada. Para peor, al tercer día nos encontramos en la playa con nuestro profesor de gimnasia localizada (a cuyas clases la Dra. y yo habíamos concurrido todo el año con la mente puesta en la bikini de las vacaciones), que exigió que nos deshiciéramos del pareo allí mismo para que él pudiera comprobar el resultado de su trabajo de meses. Demás está decirlo: no le hicimos caso.
II
Pero una tarde, mientras yo me quedaba leyendo en la arena, las chicas fueron a comprar algo al único almacén del pueblo, y sucedió. Conocieron a un grupo de diez amigos, también aburridos y de vacaciones en el mismo pueblo, que pasaron más tarde por nuestra playa a visitarnos. Mientras R. elegía al muchacho que le interesaba y armaba las parejas para el truco (yo no sabía jugar y todavía no aprendí), yo me quedé conversando con otro, el único que tampoco jugaba.
III
En busca de un tema de conversación, comenzamos a sondear gustos e intereses. Nos llevó poco descubrir que habíamos leído los mismos libros: enseguida citábamos la letra de la misma canción y la línea de diálogo de la misma película. Alcoyana-Alcoyana. Sonreíamos y asentíamos ante la referencia del otro, hasta que nuestras risas empezaron a escucharse cada vez más fuerte. Tanto, que en un momento los demás dejaron de prestar atención a las cartas para mirarnos. Era obvio, era demasiado, era casi ridículo. El corazón me latía a mil por hora. Cuando ellos se fueron, mis amigas vinieron a felicitarme. Ya está, decían, es re-lindo, decían, está con vos, decían. Yo no lo podía creer.
IV
El pibe resultó ser el único de los diez que tenía novia. Hacía cuatro años. Y su cuñado, el hermano de ella, era uno más del contingente de veraneantes (uno bastante antipático, me acuerdo bien). Otra noche, R. cocinó una cena para seis, Alcoyana vino y después de cenar fuimos todos a caminar por el pueblo. El y yo empezamos a caminar más lento y nos separamos del grupo. Al doblar una esquina, camino a la playa, nos encontramos con la mirada reprobatoria del cuñado buchón, sentado en el zaguán de una casa cualquiera. Lo cierto es que ninguno de los diez intentó nada con ninguna de las tres (por esta única razón, R. eligió bautizarlos, con exquisita sutileza, como “Los Putos”) y nosotras regresamos de ese pueblo bronceadas y despejadas, pero sin ningún prospecto interesante y apenas con alguna difusa promesa de reencuentro en Buenos Aires.
V
Fue entonces cuando decidí hacer prevalecer mi lado racional y no volver a dejarme deslumbrar por esas cosas. Las coincidencias que ponen la piel de gallina, en el fondo no dicen nada salvo que pertenecemos a una clase social y económica similar, que tenemos edades parecidas, y que estuvimos expuestos a los mismos estímulos más o menos por la misma época. Los hombres con los que salí después, tenían, por lo general, intereses diferentes. Su planilla de gustos nunca fue una fotocopia de la mía. Eso me sirvió para aprender a valorar cosas distintas, me dejé influenciar por ellos en algunos aspectos y creo que también viceversa. Ya no suena ninguna alarma dentro mío si alguien más adora el disco de Antony and The Johnsons, o es el otro fanático de la serie que nadie más mira. Ya no me sale. Aunque, quién sabe, a lo mejor debería.

lunes, 23 de abril de 2007

Freak Show



I
Desenamorarse no es fácil. Aunque una crea que está bien, terminar una historia, acostumbrarse a la ausencia, empezar una nueva rutina, puede traer efectos impensados. Conozco a algunas mujeres que, después de una separación, se instalan en el gimnasio, gastan fortunas en ropa y tratamientos, y se dedican a ponerse buenas. Otras rebotan como desaforadas y semi ebrias por los distintos after office del microcentro. Algunas se instalan en pijama a llorar y ver películas con Meg Ryan dobladas al castellano. Y se comen un kilo de helado y un paquete de bizcochitos de grasa por noche. O se matan de hambre hasta rozar la anorexia. Yo no llegué a ninguno de esos extremos. Y creía estar llevándolo bien: quizás por contraste con mi ruptura anterior, la gente se la pasa repitiéndome lo bien que me ve, cuánto he madurado, qué bien invertido el dinero en psicoanálisis. Pero no se dan cuenta. El proceso de la separación ha derivado a un lugar inexplicable, inesperado, tremendo.
II
Dos décadas conviviendo con cinco varones que miran canales deportivos las 24 horas no me habían hecho mella. Ahora, recién ahora, empecé a mirar fútbol. No sé cómo empezó, pero no puedo parar. No puedo asegurar que se trate de una reacción contra el Ex, que no era fanático, pero tampoco lo detestaba. Como gran parte de mi familia, el Ex es primordialmente basquetbolero, lo cual resultaba conveniente para nuestra relación: a mí me gusta el básquet, siempre miré básquet, fui muchas veces a la cancha, entiendo de estrategias, de puestos, me animo a opinar con cierta propiedad. Y siempre despotriqué contra el fútbol, que al lado del espectáculo del básquet, de la adrenalina, de la belleza de los movimientos, no tenía nada que hacer. Una idea que todavía sostengo.
III
Pero no puedo evitarlo. Ahora no sólo miro el resumen de los goles, o los momentos más interesantes del partido. Miro partidos enteros. Aburridos partidos de noventa minutos que muchas veces terminan sin que nadie haya marcado un miserable tanto. También miro programas de fútbol producidos por canales de cable misóginos: mesas redondas donde ex jugadores, ex árbitros y técnicos caídos en desgracia -todos con el cabello pintado y corbatas estridentes- discuten jugadas o inventan polémicas para justificar su sueldo. Reconozco a los jugadores por su cara: no sólo a los de Boca, River o San Lorenzo, no sólo a los delanteros, o a los que están bárbaros. Leo el Olé, y espero con ansias las columnas de Varsky y Arcucci en el suplemento deportivo de La Nación. Como un viejo nostálgico, puedo recitar sin repetir y sin soplar el plantel completo de Estudiantes de La Plata que ganó el Apertura 06. Nunca había pensado que tuviera un problema hasta esta noche, cuando caí en la cuenta de que mi combo favorito de los lunes está compuesto por el programa de Víctor Hugo y Perfumo + Grey’s Anatomy. Qué será de mí: soy un monstruo. Suerte que tengo un blog para desahogarme: si no, a quién podría contárselo.

lunes, 9 de abril de 2007

Herramientas


I
Cuando algo mecánico, eléctrico o de plomería se rompe, no sé qué hacer. Será que por haberme criado entre varones (cinco, entre padre y hermanos) nunca me vi obligada a aprender, siempre había alguien que sabía hacerlo y además le gustaba, o -por esta cuestión de los roles inculcados de la que siempre renegué pero sin embargo- se le pedía a otro que lo resolviera antes que a mí. La cuestión es que cada vez que pierde una canilla, falla el calefón, la tostadora, el televisor, un enchufe, o lo que sea, entro en pánico, me desespero, grito. Me bastan dos minutos para hacer retroceder cien casilleros las conquistas de independencia y autodeterminación conseguidas por el sexo femenino en los últimos doscientos años. En esos momentos críticos, padre y hermanos han contraído la costumbre de tratarme con la condescendencia destinada a un niño molesto, a un pariente tonto, o a una mascota demasiado confianzuda.

II
La semana pasada me quedé de un momento a otro sin señal de Internet. Llamé al proveedor y, después de minutos eternos de música funcional, un joven operador al que casi podía verle el rostro lleno de acné juvenil a través del teléfono me dio un número de reclamo y me anunció que recién podrían pasar por casa hoy por la mañana, es decir, seis días más tarde.

III
Llegan media hora antes de que sea la hora de irme: descubro que el chico que viene a arreglar el cable es el mismo que un año atrás vino a instalarlo. Es alto, tiene ojos celestes, es simpático. Me acuerdo bien de él: antes habían venido otros dos grupos de instaladores que, cuando comprobaron que traer la conexión a mi edificio requería de una complicada maniobra desde el edificio de al lado, huyeron para evitarse problemas con el difícil gremio de los encargados. Este, en cambio, fue el que habló con los porteros de los dos edificios, cruzó la medianera, y me instaló el cable y la banda ancha en un abrir y cerrar de ojos.

IV
Ahora me saluda y me dice que se acuerda. Lleva el pelo castaño largo hasta la cintura atado en una cola de caballo. Es resuelto, práctico, decidido. Trae una caja de herramientas, la ropa de grafa, las botas con suela aislante. Trae a un ayudante bajito, un Robin que me dice que él también estaba la primera vez, pero yo de él no me acuerdo. Revisan la conexión y dicen que es un problema de baja señal: me alivia confirmar que yo no rompí ni arruiné nada. Desde mi ventana veo al Muchacho del Cable treparse con agilidad a la terraza vecina y hacerme una seña de que está todo bien: el problema era de ellos -la maldita compañía que cada mes debita dinero de mi magra cuenta bancaria- pero esto no impide que yo experimente hacia él una infinita sensación de gratitud.
V
El Muchacho del Cable y su fiel ayudante se van; después de que bajo a abrirles, me prometo tomar las riendas de mi propio destino y anotarme pronto en un curso básico de electricidad, o -al menos- prestar más atención la próxima vez que vea a uno de mis hermanos arreglar algo. De lo contrario, me temo que terminaré enamorándome por las razones equivocadas del primer valiente que se ofrezca a cambiar el cuerito que pierde en la canilla del baño.

martes, 6 de marzo de 2007

Cara de Novia





I
La Dra. y yo conocimos a la Tía en nuestro primer año de estudiantes en Buenos Aires. La Tía era de un pueblo cercano al nuestro: enseguida me cayeron bien su espontaneidad, su inteligencia y su modestia. Sin embargo, de haber vivido en el mismo pueblo, seguramente no habríamos podido ser amigas. La Dra. y yo fuimos al secundario en el colegio donde estaban las chicas más lindas, pero estábamos en el otro curso, el de las que tenían buenas notas. Mientras la Tía en su pueblo era elegida Reina de la Fiesta de alguna Oleaginosa y tenía un novio oficial tres años mayor, nosotras perpetuábamos el statu quo festejando la Semana de la Dulzura como si se avecinara el Apocalipsis, cultivando amores imposibles, y adoptando las modas menos sentadoras de la época.

II
Para cuando nos conocimos en la Capital, la Tía nos llevaba varios cuerpos de ventaja. En esa época, por ejemplo, ella ya sabía que quería casarse y tener hijos, y actuaba en consecuencia. A diferencia de nosotras, que no podíamos pensar en el futuro más allá de los veinticinco, la soltería siempre fue para la Tía el breve lapso –un parpadeo, apenas– entre un novio y el definitivo. Mientras nosotras perseguíamos al guitarrista de la bandita de rock y creíamos que de verdad al día siguiente nos llamaría, porque que de verdad se acordaría de memoria nuestro teléfono, la Tía comenzaba a insistirnos con el ahora famoso: “Poné Cara de Novia”.

III
Parece que sí, que hay una Cara de Novia. Por aquella época, un sábado a la noche en el que me fue a buscar a casa y prácticamente me obligó a vestirme para salir, la Tía conoció al Tío. Estábamos sentadas en el sillón de un boliche –que ahora se llama distinto– en Palermo –que ahora se llama Soho–. Lo vio entrar y, aunque la puerta quedaba a unos cuantos metros de distancia y la Tía es bastante corta de vista, dijo con seguridad:
-Me gusta ese chico.

IV
Aproximadamente dos años más tarde, la Tía se casó con el Tío, que resultó ser una persona adorable y encabeza mi ranking de marido-novio favorito de todos los tiempos de cualquiera de mis amigas. La Tía y el Tío son tal para cual, y llevan una vida organizada pero divertida, llena de actividades, viajes, amigos, y logros profesionales y personales. De hecho, dentro de pocos meses la Tía nos dará nuestro primer sobrino. Aunque carecemos de esa fiebre de planificación, la Dra. y yo no tenemos de qué quejarnos: nuestro aspecto mejoró notablemente desde la época del secundario, trabajamos de lo que nos gusta y –con nuestros altibajos sentimentales– somos muchachas sanas y queridas por quienes nos rodean.

V
Después de haber comprobado las bondades del sistema, la Tía quiere ver a todas sus amigas enamoradas y en pareja, y se dedica a evangelizar escépticas con la convicción de un pastor brasileño de trasnoche. Cada vez que habla de alguna conocida, o de otra de sus amigas del pueblo aún soltera, sentencia con preocupación: “es que no pone Cara de Novia”. En el último tiempo ha llegado a tomar cartas en el asunto para comenzar a formar parejas por su cuenta. Con mi reciente separación, y el hecho de que la Dra. –a pesar de sus evidentes cualidades– lleve un par de años sin novio formal, era cuestión de tiempo hasta que llegara nuestro turno. Como para la Tía el orden es importante, a la Dra. le tocó primero.

VI
“Tengo un compañero de trabajo para presentarte”, decía el mensaje de la Tía en el contestador. “Te va a encantar: es igual a mí”. La Dra. me repite, incrédula, “¿Me va a gustar porque es igual a ella?”. Ya sabés lo que quiso decir, digo: que si te llevás bien con ella, vas a llevarte bien con él. La Dra. no quiere una presentación oficial, pero tampoco está segura de aceptar una cita a ciegas: su única experiencia en este tipo de encuentros resultó un fracaso. Comienzo mi campaña: la Tía confía en mi poder de persuasión. A lo mejor puedo pedirle una foto, me dice. De ninguna manera, digo yo, categórica, las fotos siempre engañan. Dan una impresión, una sola, y puede ser la equivocada: tenés que conocerlo personalmente. Está bien, dice la Dra., ya convencida, voy a salir: la Tía me conoce, sabe quién me puede llegar a gustar.

VII
Mis teorías sobre la arbitrariedad de la imagen fotográfica y la subjetividad de la percepción no sirvieron de nada. La Tía, envalentonada después de una primera experiencia como Celestina –presentó a un amigo del Tío con una ex compañera suya, y hubo intercambio de números de teléfono– llevó la cámara al trabajo y tomó imágenes del Candidato. Se las envía por mail a la Dra., que viene a casa a verlas conmigo. El Candidato ya está avisado y aprobó su currículum: sólo falta un sí de ella y se produce el encuentro. Los archivos tardan en abrir; cuando lo hacen, las dos exclamamos al mismo tiempo dos frases distintas:
-No es mi tipo. No salgo ni loca.
-Qué fuerte que está.

VIII
Definitivamente, el Candidato es más mi tipo que el de ella. La Dra. reconoce que se parece bastante a mi Ex, y en nada a cualquier muchacho en el que ella se haya fijado desde, por lo menos, los quince años que la conozco. Cree que, por más voluntad que ponga, no va a haber coincidencia. No hay vuelta atrás. Esta vez, no me alegro de tener razón.

IX

La otra pareja armada por la Tía tampoco prosperó: aunque su ex compañera puso toda la Cara de Novia que pudo, el amigo del Tío nunca volvió a llamarla. La Dra., por su parte, encontró candidato solita: un muchacho que a primera vista no le pareció ni fu ni fa, pero que la conquistó en base a buen humor, sensibilidad y atenciones. La Tía no se da por vencida. Su próximo objetivo soy yo, dice, aunque asegura que en este momento no estoy en condiciones de poner Cara de Novia. Primero, sostiene, necesito una relación “de transición”, y recién entonces la Cara de Novia me va a salir sola. Yo le creo. Se ve que me tiene fe.